Los dos primeros fines de semana de agosto ya los habíamos consumido con nuestras escapadas a NY y Niágara. Decidimos que el del 14 nos quedaríamos para hacer una de esas excursiones que tienes que hacer si es que no quieres que nadie se crea que has estado viviendo en Boston. Las más comunes son el crucerin por las Islas, para pasar el día de playa en una de ellas. Otra de las excursiones es Boston Harbor Whale Watch Cruise en la cual, te llevan mar adentro para visualizar las ballenas, si es que tienes suerte. Otra famosa excursión es la del Boston Duck Sightseeing Cruise . Esta última es muy divertida porque vas en una especie de vehículo anfibio que te lleva por los puntos más importantes de la ciudad, dirigido por un conductor vestido como un pato y que de pronto, se adentra en el río, como si tal cosa.
Pues bien, la del pato ya la habíamos hecho en el 2000, por lo que, de momento no hemos repetido, pero me imagino que la haremos un día de estos, para que los niños la disfruten. La que sí hemos probado es la del avistamiento de ballenas, con lo cual, la otra más famosa, la del crucero para pasar el día en una isla, quedó, de forma automática, descartada después de la experiencia.
Las entradas para todas estas historias no son precisamente baratas y hay que buscar las oportunidades que se te presenten. Ya os he contado antes lo de la lista de IBERIA, donde todo se compra, se vende, se comparte, se informa y se ayuda. Pues resultó que entre los correos habituales de la lista, apareció el de un chico que vendía cuatro entradas a un precio que nos salía mejor que la entrada familiar, aunque tuvieramos que comprar aparte la entrada de la pequeña. Dicho y hecho. Aquí hay que espabilar a contestar para ser el primero y nuestro super organizador lo consiguió. Yo no entendía muy bien porqué alguien tiene cuatro entradas para vender, pero al citarse con él, le explicó que había tenido una visita de su familia española y que habían realizado el crucero. Tuvieron mala suerte y no se vio una ballena aquel día y, lo bueno que tiene esto es que si no se ven te dan una entrada que puedes canjear para el día que quieras. Esto no sirve de consuelo para los turistas, que tienen el tiempo atado al límite, como fue el caso de su familia que se fue sin ver una ballena, pero al menos, él pudo recuperar el dinero invertido.
Canjeamos nuestras entradas para ir al crucero del día 14, a las 12,30. El día amaneció estupendo y nos dirigimos al puerto llevando algo de abrigo porque nos habían dicho que nos haría falta. Teóricamente el paseo dura entre tres horas y tres horas y media. Lo que nos seguía desorientando era el horario de comidas. Como habíamos desayunado tarde, a la española, decidimos que comeríamos también tarde, ya que llegaríamos a las 3,30-4,0 Esperamos en la fila pacientemente hasta que llegó el pedazo de barco que nos iba a dar el paseo. Se podía elegir entre quedar dentro, cerradito, viendo a través de los cristales, o quedar en una de las tres cubiertas exteriores. Con los nervios que aparecen cuando tienes que elegir y ves que todo el mundo se está dirigiendo hacia donde tú crees que es el mejor sitio, acabamos situándonos en la cubierta anterior, justo delante de la cabina. Los niños tomaron sitio sentaditos y nosostros, muy elegantes, nos apoyamos en el lateral, junto a ellos, pero dejando que la brisa marina nos acariciara, como si estuviéramos acostumbrados a posar así, con la manuca en la barandilla y mirando hacia aquel inmenso horizonte.
El barco se pone en marcha. Todo va bien. Vamos saliendo de la zona del puerto, la brisa es agradable y los niños están contentos. Aparece un auxiliar ofreciendo biodraminas, pero decidimos que con las patatitas fritas es suficiente para sentar el estómago. Tampoco es para tanto, un pequeño balanceo que resulta agradable.
De pronto, sin saber cómo ni de qué manera, el capitán debió meter la cuarta y aquello empieza a coger una velocidad endiablada. Claro, habíamos salido del puerto. La brisa se transforma en un frío que te traspasa y la porquería de chal que había llevado como abrigo se queda más que insuficiente. Los niños, más resguardados al tener detrás la cabina, siguen muertos de risa. Viendo que casi no somos capaces de oirnos por el ruido del viento y que las manos nos van a fallar porque están congelándose al contacto con la barandilla, decidimos colocarnos detrás de los niños, haciéndonos hueco como podemos, bajando, por lo menos, unos grados la sensación térmica.
El balanceo, ya es más una especie de salto de pértiga, elevándose y cayendo con cada ola de una forma impresionante. De momento no paramos de reir, con la pequeña, que acompaña los movimientos con un uuueeeeeeeeeepaaaaaaaaaaaaa, hasta que empieza a palidecer de una forma horrorosa. Rápido, ir a por bolsas del mareo!!!!!!!! oh mami, ¿cuanto falta?. Dios mío, cómo la explico que todavía estamos camino de ida y que tenemos que deshacer todo lo andado?. Les mando a por biodraminas (yo ya tampoco me puedo mover, consigo mantener la compostura pero a costa de no moverme ni un milímetro) y resulta que el auxiliar dice que para nada, que las teníamos que haber tomado antes y que si ya hay mareo, pues eso, a coger bolsas. Entre paseos a por bolsas, que casi hacen claudicar a la pobre Paula, que era la única que parecía inmune al movimiento, seguimos avanzando mar adentro entre mareos y cabezaditas
!Por favor! Debemos estar llegando al Polo Norte, ¿se puede saber dónde leches están las ballenas? Yo sólo pensaba en nuestro vendedor de entradas y en que ya las podíamos revender también porque esa excursión no la íbamos a repetir en el caso de que no viéramos a las ballenas.
Después de casi dos horas de travesía, con la peque medio frita y sin fuerzas. empieza a bajar la marcha y nos avisan. Mirad a las 12 y cuarto! (es que ya nos habían dicho que ese era el código, muy profesional) y allí estaba, un animal inmenso que parecía saludarnos y darnos la bienvenida con un baile perfecto, como si se tratara de una grácil bailarina sobre las olas. Caro, despierta, cariño, que ya se ven las ballenas!
Aquello sirvió para mejorar el estado de la niña y durante una media hora tuvimos un espectáculo maravilloso con un montón de ballenas saltando a nuestro alrededor. Alguna estuvo realmente cerca, pero deben ser muy tranquilas porque nadie le daba importancia. Las había grandes y pequeñas y la chica que iba dando los avisos parecía conocerlas perfectamente (¿las tendrán amaestradas?), dándonos datos de las diferentes características de cada una. Cuando ves estas cosas te das cuenta de la emoción que tienen que sentir los señores de los documentales día a día, porque esta era la primera vez que veíamos una ballena de verdad y me imagino que será la última, pero estos hombres están haciendo cosas así todos los días . Cuantos niños de ciudad no han visto una vaca más que en la tele y en el envase del tetra brik? Pues igual que existen las vacas, existen las ballenas, los glaciares, los volcanes, los ornitorrincos..... !cuanto nos queda por ver! La verdad es que valió la pena. No quiero pensar en qué hubiera pasado en el caso de que no hubiéramos visto nada, pero para qué pensar.
Después de media hora de avistamiento, ya un poco refarfiados de tanta ballena (es que somos así), los motores se pusieron en marcha y emprendimos la vuelta. Me imagino que animados porque aquello había salido bien, nos pareció mucho más agradable y a la peque también. Entre patatas, cacahuetes y demás porquerías fuimos engañando al estómago hasta la llegada al puerto. A quien no engañamos fue al sol, con el que no habíamos contado y que entre el aire y la bruma nos dejó su recuerdo a los más blanquitos de la familia, vamos, a todos menos a Paula.
Al llegar eran casi las cinco de la tarde, por lo que ya no sabíamos si comer o cenar, que era lo que se estaba sirviendo en los restaurantes. Decidimos no ponerle nombre y acabamos de sentar el estómago con una buena comida/cena americana a base de aritos de cebolla, hamburguesas, sandwiches y eso sí, a falta de sidra, un par de cervecitas de la tierra, que no están mal
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