domingo, 24 de marzo de 2013

Las tapias de la almudena

Tengo esto muy abandonado. Realmente, va a resultar más sencillo organizarse por el mundo que mantener la puñetera rutina. 
En medio de todo el lio diario, se me ocurrió presentar un pequeño relato a un concurso. Evidentemente no conseguí ninguna mención, así que, ahora lo quiero compartir con mi pequeño mundo, mi ciberespacio. Ahí os va....







LAS TAPIAS DE LA ALMUDENA




Iba sentada en el asiento posterior del coche, concentrada en la nuca de mi padre al que el espejo me devolvía mientras me ojeaba queriendo infundirme los ánimos que ya me estaban flaqueando. La tía, con gesto serio, convencida de que era mi obligación: “ya era lo suficientemente mayor”. Mamá, evitando mi mirada, rendida ante la autoridad de la tía, “en realidad, tampoco era para tanto, sólo es un cementerio”.
No tenía ningún interés en pisar un cementerio. La evidencia de los espíritus errantes no me sugería la más mínima curiosidad. La inmensa tristeza inherente a esos caminos de tierra perfectamente trazados entre miles de sepulturas me producía una inquietud espantosa.
Me había hecho a la idea. Era el día de los difuntos y tenía que acompañarlos a la tumba del abuelo, al que acompañaba recientemente su eterna viuda, mi abuela. Papá, seguramente, habría cedido a mis súplicas, pero su hermana consideraba una total falta de madurez mi negativa a pisar el lugar y, en clara minoría, me dejaron sin argumentos para esperarlos en el coche.
Nunca había estado en La Almudena, nunca había pisado ningún cementerio, pero cuando nos íbamos acercando, pasando junto a su muro, una inmensa tristeza se apoderó de mi; una angustia espantosa me ahogaba y comencé a llorar en silencio, incapaz de frenar el llanto. En silencio. Sin poder articular una palabra notaba brotar las lágrimas con una potencia casi grotesca. No sabía qué me pasaba, aquel muro me parecía el lugar más triste del mundo. El ambiente, el aire, el entorno parecían estar llenos de dolor. Y sólo lloraba. Papá me miró desde el espejo y con voz firme dijo: “No entras. Espera en el coche”.
Nadie se atrevió a contradecirle. Su tono no dejaba lugar a dudas. Era su decisión.
La angustia no desapareció hasta que el muro no estuvo a una distancia considerable. No me importaban las miradas de reprobación. Papa me miraba con dulzura, como si lo hubiera entendido todo. Esperé en el coche y no quise pensar más en ello.
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El abuelo era el personaje más interesante de la familia. Había muerto en la guerra y la negativa de papa a contarnos nada sobre su padre no hacía más que aumentar el misterio que envolvía su figura. Cuando éramos niños, en la visita semanal a casa de la abuela, imaginábamos que estaba escondido en la habitación-trastero. Jugábamos a retarnos para ver quien se atrevía a quedarse dentro, a oscuras (creo que nos engañaban con eso de que no funcionaba la luz), y siempre perdíamos los pequeños, que aguantábamos entre risas y pánico, no fuera a aparecer el abuelo en cualquier momento. De esta forma,  se convirtió en una figura paralela, entre lo real y lo irreal; lo existente y lo inexistente; entre el respeto al único difunto cercano y la juerga infantil con la foto de la boda de época, donde todos parecían abuelos antes de ser padres.
La información se nos iba dando a retazos, que si era de izquierdas, que si era el niño bonito de la familia, que había sido un trasto pero que todo el mundo le quería; que si no te había dicho que había sido alcalde del pueblo…ah! que era cantero. No nos aclarábamos con ese abuelo que no tenía pinta de abuelo, porque ya habíamos crecido para darnos cuenta de que murió siendo padre joven, y que además había sido un niño bonito, trabajador, político….Murio en la guerra. ¿cuándo? En la guerra.
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Era un domingo cualquiera de principios de invierno. Papá y mamá habían venido a comer a casa, como otras veces, pero algo iba a ser diferente. Los niños ya se habían levantado de la mesa y empezábamos la sesión de whiskys preceptiva. Al fin y al cabo, un domingo pocas cosas más se podían hacer. Papá no solía repetir, pero debió tomar dos o le falló alguna defensa y empezó a hablar. No recuerdo como empezó todo, pero de pronto, todas las fuerzas del universo se aliaron y, con la naturalidad con que cualquier hijo habla de su padre, mi padre empezó a hablar. Nos contaba sus recuerdos de infancia, sus pocos recuerdos de infancia, junto a su padre. Contaba cuando le llevaba al campo, con los pastores, y comían todos de aquella gran olla. Cada uno por su lado, por supuesto, con la elegancia que da la rutina, el dominio de una situación.
Nos contaba, con orgullo, el gran cantero que era y la huella que había dejado en su pueblo, en Colmenar. Recordaba su carácter cercano y afable, lo que le había convertido en un hombre popular y querido. Mezclaba sus recuerdos con los que le habían transmitido su madre, la esposa, y su abuela, la madre. Mamá, Juanjo y yo estábamos clavados en las sillas. No sé el tiempo que pudimos estar ahí, sentados, sin articular palabra, solo escuchando. Es mas, creo que ni escuchábamos. Estábamos todos en un estado de hipnosis, paralizados, cruzando furtivas miradas entre nosotros para volver a centrar nuestra atención en él.
Y es que, mientras papá nos iba narrando sus recuerdos, no paraba de llorar. Sin aspavientos, sin amargura, sin reproches, sin rabia, sólo lloraba. Y hablaba, no paraba de hablar. Se había abierto la puerta de los recuerdos y quería compartirlos todos con nosotros…No recuerdo como acabó el relato, pero aquello abrió el camino a las preguntas.
Poco a poco fuimos hilando los retazos que nos habían entregado durante años y comprendimos que el abuelo había muerto fusilado en la guerra. En su corta vida, había sido un hombre jovial, alegre y campechano. Hijo mimado al que gustaba escapar durante horas por el monte, con los pastores. Responsable, se hizo con el oficio de cantero, dejando su huella en las calles que le vieron crecer. Hombre comprometido con sus ideas, siempre estuvo abiertamente ligado a Izquierda Republicana, consiguiendo representación en las sucesivas listas municipales por su carácter cercano. La guerra le hizo alcalde del pueblo, cargo que dejó para continuar su deber. El final de la guerra se cobró su precio y tras casi un año de cárcel, fue ejecutado.
Tantas cosas fueron cobrando sentido…. De pronto, entendíamos a aquella abuela de permanente luto, intentando esconder la rabia bajo una apariencia dura y lejana. Entendí el carácter de mi padre y mi tío. Su gran sentido de la responsabilidad para su madre viuda y su pequeña hermana. Entendí que el silencio de tantos años no era más que miedo. Miedo a las palabras. Miedo a las personas capaces de apuntar con un dedo acusador. Miedo a perder un padre. Miedo a que te pierdan tus hijos. Miedo a no poder cuidar de una viuda señalada. Miedo a que las cosas no hubieran cambiado tanto como creíamos aquellos jóvenes tan modernos y que habíamos salido tan rojetes, sin haber hecho él nada para ello.
Entendí también el carácter serio, distante, de mi tía. Entendí a esa niña que se vio sin padre y sin la posibilidad de llorarlo abiertamente. Entendí a esa mujer que vivió orgullosamente pero con la necesidad, con la obligación, de guardarse ese orgullo en silencio, mientras bordaba las sábanas de aquellos que se lo habían arrebatado todo.
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Indagando, fui recopilando datos, como la noticia de la Vanguardia “de la ejecución del último alcalde rojo de Colmenar” noticia que, por supuesto oculté a mi padre. Encontré un libro local en el que le nombraban de refilón, pero bueno, le nombraban. Siempre había creído que la ejecución había sido en Colmenar. No sabíamos que había estado preso en Madrid. Por alguna razón, se me ocurrió buscar su nombre entre las listas de caídos y descubrí el nombre de mi abuelo entre los fusilados en las tapias del cementerio del Este.
Las tapias del Cementerio de La Almudena.
De pronto me vino a la cabeza la expresión de mi padre aquel día de los difuntos. Creo que él se dio cuenta de lo que yo no era consciente. Esa angustia que me invadió de una forma totalmente irracional era el reflejo de la angustia que ninguno había sido capaz de expulsar. Me embistió la pena que todos habían arrastrado durante años y que había quedado para siempre ligada a aquellos muros testigos de tanta muerte. El sí entendía lo que para mí era totalmente incomprensible. De pronto, todo cobraba sentido, y entendí la profundidad de aquellos ojos, capaces de hablar y escuchar de una forma casi, sobrenatural.