martes, 9 de noviembre de 2010

FENWAY PARK


Seguía pasando el verano entre paseos al parque, mojaduras en los chorros, localización de los lagos y mucho calor. Un calor asfixiante. No sé porqué se empeñaban en decir que era una ola de calor, porque no nos dejó descanso en todo el verano. Y es que aquí pasa como en mi Gijón del alma, que con la humedad, la sensación es mucho más fuerte, aunque la temperatura no parezca tan alta. Pero claro, es que la temperatura era altísima, pasamos un montón de veces de los 100º F y entre ríos, lagos y mar, había veces que te costaba respirar aire entre tanto vapor de agua.
Habíamos conseguido entrada para ir a ver a los Red Sox, el equipo de beisbol profesional de la ciudad. Esta vez no fue una recompra, pero sí lo hicimos por medio de esas páginas de internet que sacan ofertas una vez está vendida la mayor parte de las entradas. El ritmo de la liga de beisbol es algo que no he acabado de entender muy bien. Resulta que juegan por semana y a lo mejor hay tres partidos seguidos (p.e. lunes, martes y jueves). Incluso estos partidos son contra el mismo rival, vamos una cosa rarísima, se trata de ir consiguiendo puntuación. Este ritmo continúa hasta que se llega a la clasificación para los Play Off, cosa que este año no consiguió el equipo de los calcetines rojos.
El día de partido quedaba de manifiesto cuando bajábamos al centro y pillábamos la marabunta humana, ya fuera a la ida o a la vuelta. Y es que para ir al estadio, Fenway Park, puedes bajarte en cualquiera de las dos paradas de nuestra línea de metro: Fenway o Kenmore, ya que está a medio camino de cualquiera de ellas. El ambiente en la zona del estadio es fantástico. Todos los bares están llenos de gente hasta la bandera, comiendo y bebiendo cerveza para llegar al campo calentitos. La mayor parte de los bares tiene una multitud de televisiones gigantes en las paredes en las que se retransmiten los partidos de la temporada, eligiendo el sitio en función de lo que quieres ver.
Era el 18 de agosto y los Red Sox jugaban contra los Angeles. Nos dirigimos hacia el campo y tras hacer las fotos de rigor de un turista decente, pasamos el control de seguridad. Aquí siempre hay controles como en los aeropuertos. Bueno, no te descalzan, pero te lo miran todo. Nos dejaban meter comida (bebida no) por lo que yo había preparado unos bocatas de tortilla española, que olían a tres manzanas, pero no hubo problema. En los bolsos te ponían una pulserita como la de los aeropuertos, de las del equipaje de mano, cosa que luego hemos comprobado que muchas mujeres coleccionan, llevando el bolso lleno de ellas, nos imaginamos que como amuleto o sabe dios.
Al pasar el control y dar la entrada,  miras y te sientes como debió sentirse Jesús con los mercaderes. Todo está lleno de puestos de comida y de zonas para sentarte a cenar antes y durante el partido. Estás bajo las gradas y  parece el mercado de la Pola, impresionante.  Nos abrimos camino entre el gentío y decidimos buscar los asientos, lo primero. La entrada al campo te deja sin palabras por su tamaño. Es cierto que el beisbol necesita mucho espacio, pero este es tremendo. La zona en la que estamos es la de la grada descubierta (para chulos, nosotros) y no es tan alta como la zona cubierta, pero tiene un desarrollo tremendo.  La zona de juego estaba en casa el demonio, justo en el lado opuesto al nuestro, por lo que yo debería haber llevado las gafas. Bueno, no importa, si aquí lo que queremos ver es el espectáculo. Y eso es lo que es.
Mientras nos vamos preparando, mi chico trae las cervezas/agua (aquí no hubo problemas) y vamos abriendo los bocatas, el campo sigue a la mitad. Deben estar todavía viendo las pantallas gigantes. Cuesta tragar el bocadillo, porque todavía son los primeros experimentos y no veas lo compactito que me sale el pan. Quitaremos la mitad de la miga. No, mejor quítala toda. Delante hay una familia inglesa (es que acabamos haciéndonos amigos) que no para de mirar, me imagino que por el olor a cebolla. Buf, acabamos los bocatas, menos mal. Todo el mundo en pie: el himno. Esto ya no nos pilla de sorpresa. Es el inicio obligatorio en cualquier evento. El problema es que, con suerte, lo hace algún profesional local y resulta algo digno, pero en muchas ocasiones lo hace el capitán del equipo o un ex jugador…. Y te puedes morir. Ahí nos tienes aguantando la risa porque el buen hombre sería muy buena gente pero Dios no le había llamado por el camino de la música. Aquello parecía una escena de las pelis de Leslie Nielsen, pero nosotros, muy dignos, ante la posibilidad de que nos echaran del campo.
Después del Himno, vienen los mil agradecimientos a los donantes del equipo. Todo sale simultáneamente en la pantalla gigante y tiene su coña: agradecimiento al Hospital X, agradecimiento a la tienda de autos de nuestro amigo Y, agradecimiento al supermercado H, agradecimiento al señor este, que tiene mucha pasta y nos ha dado todo esto. Y te enseñan un cheque gigante, con muchos ceros y la gente aplaude como loca. Esto de la financiación particular, yo creo que es buena idea. Aquí la gente dona mucho (debe ser bueno para sus impuestos) ya sea a las escuelas, deportes e incluso a los partidos políticos. Ya profundizaremos a la vuelta, pero ir hablando con el Sporting.
Empieza el partido y, efectivamente, lo vemos de pena, pero bueno, lo vemos. Realmente el espectáculo está a tu alrededor. La gente, como siempre, entra y sale. Primero no tienes compañeros de asiento y luego pelean por sus sitios. Llegan con bandejas de nachos, pasta, perritos, burritos…. Y mucha cerveza. Debe ser costumbre local o que aquí se inventó lo de la happy hour, porque todo el mundo bebe de dos en dos. Al principio nos llama la atención que son bastante tranquilos. Decidimos que es un tema de carácter, porque estos bostonianos son claramente hijos de Inglaterra, muy elegantes en el trato, pero pasan por una pared. Poco a poco el ambiente se va caldeando, el partido es bastante lento, es lo que tiene el beisbol, por lo que los paseos a la zona de bar consiguen que se vayan saliendo del plato nuestros elegantes compañeros. La gente más joven es la que primero denota los efectos del alcohol (habrán bebido más cerveza) pero de pronto suena Sweet Caroline (la de Neil Diamond)   y aquello es el despipote. Todo el campo cantando y abrazándose cada vez que llegaba el estribillo. Mi caro, emocionada, claro, por aquello de tener una canción con su nombre coreada por todo el mundo. Esto de las canciones es también muy típico. Muchas veces, incluso las van mostrando en las pantallas, por lo que las puedes cantar, como si estuvieses en el Karaoke. Gritamos con todos ¡LET´S GO RED SOX!!!!! Esto ha sido un descubrimiento. Resulta que es el grito de guerra en todos los deportes, con lo que no hemos tenido problemas para integrarnos: LET´S GO CELTICS!!!!! LET´S GO EAGLES!!!!!!!  (todavía no hemos ido al Hockey, pero pronto)
El ambiente se caldea. Unos chicos se quitan la camiseta y no, eso sí que no. Ya os he dicho que son muy suyos y hasta aquí podíamos llegar. La gente que los rodea empieza a abuchearlos y ellos, viéndose protagonistas, acompañan el striptease con movimientos extraños. La gente les llama de todos y acaban por ponerse la camiseta, pero entonces, un niño de unas filas atrás, decide emularles y la gente se parte de risa. Animados por la bajada de tensión, los chicos vuelven al lío y aquello está a punto de acabar en tragedia. Los compañeros de zona les convencen y las aguas, finalmente, vuelven a su cauce mientras hacemos una ola gigante, por todo el campo, por milésima vez. La verdad es que no entiendo cómo se pueden concentrar los jugadores con la juerga de las gradas. Debe ser algo genético.
Cuando decidimos que tenemos la garganta demasiado seca entre los cánticos y el efecto del pedazo de bocadillo de tortilla, es demasiado tarde. Con objeto de que la gente no tenga cerveza al final del partido (ya sabéis, aquí no se bebe en la calle), los puestos de intendencia han cerrado en la última entrada con lo que nos quedamos sin beber y al borde de la deshidratación. Ya entendemos por qué se las traían de dos en dos. Bueno, que siempre beban de dos en dos, no lo entendemos.
Tras despedirnos de nuestros nuevos amigos ingleses, todos borrachos (marido, mujer y cuñada, las niñas no) y hacer una foto rápida frente al campo, con la señorita de seguridad echándonos para que no tapásemos la entrada, nos dirigimos a Fenway, como unos aficionados más. Sólo me falta aprenderme la letra de Sweet Caroline Oh, Oh, Oh,…..






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