Todavía estamos recuperando las fuerzas y librándonos de la diferencia horaria, que sigue gastando sus bromas y haciendo que, a estas horas, no tengamos ni un poquito de sueño. El último día hice un paréntesis mientras hacía las maletas, labor que me costó, literalmente, sangre, sudor y lágrimas. A pesar de haber conseguido otro par de ellas (de esas que dudas que lleguen a su destino por lo malísimas que eran) en el último viaje a NY, tuve que realizar un esfuerzo sobrehumano y decidir qué pertenencias abandonábamos, regalábamos e incluso olvidábamos, aunque esto fuera de una forma inconsciente.
Habíamos puesto a la venta las cosas que habíamos comprado para las necesidades del día a día y viendo que vendíamos las más importantes ya estábamos tranquilos cuando, para completar nuestra felicidad, nos apareció un comprador para la famosa cama de IKEA. A pesar del lío social de los últimos días, ya que los niños no paraban de despedirse y mi marido quería dejar las cosas acabadas y despedirse, igualmente, de sus compañeros, hicimos un hueco el viernes a las cuatro y media para quedar con nuestro comprador y quedarnos sin cama. Preparamos la cama en el pasillo, enterita, salvo el somier y el colchón que habíamos apartado. Esperamos y pasando unos minutos de la hora llegaba el chico a casa. Se puso manos a la obra con nosotros intentando, entre todos, librar el último obstáculo que era el giro del pasillo a la puerta y que, tras unos cuantos cambios de estrategia, golpes a las paredes, manos pilladas y expresiones más o menos malsonantes, conseguimos superar. Una vez allí el camino hasta la calle era recto y sólo tenían que salvar los cinco escalones para llegar al camión…. ¿dónde está el camión? De pronto nos dimos cuenta de que no se nos había ocurrido mirar qué vehículo había traído el chaval. Ahí estaba la novia, con prisa, como quien va a recoger una pizza, con un coche tipo monovolumen. ¿Cómo vas a meter la cama entera ahí? Y el chico diciendo que sí, que entraba y que sino la ponía arriba (no tenía ningún tipo de artilugio que permitiera colocar nada encima). Desarmarla era imposible, ya que no teníamos herramientas para ello y resultaba imposible aflojar los tornillos con aquellos destornilladores.
Después de unos momentos absurdos decidió que volvería a por ella con un camión de nosequé familiar como muy tarde el domingo. Mi superinstinto me hizo pensar que ni de coña. No sé si fue la extraña actitud de la novia, la empanada del chaval o qué, pero no me gustó. Por lo menos, colaboró en el camino de vuelta hacia el dormitorio y la cama volvió a su sitio, del que ya no se movió, porque a pesar de la llamada el domingo al mediodía confirmando que vendría a las diez, nunca más supimos de él. El sí supo de nosotros porque le pusimos verde, vía correo electrónico, explicándole que no sólo había impedido que la vendiéramos a otra persona sino que, también había impedido que llamásemos a una fundación para que se la llevara, que era la opción preparada si no la vendíamos. Tememos que acabe junto a la gran cama en la habitación de los horrores del sótano.
Decidimos no enfadarnos porque bastante teníamos con el lío de equipaje que habíamos montado. Al final, nuestro amigo asturiano residente en Boston se prestó a llevarnos otra maleta que, a su vez, me había dejado mi profe de inglés. Como se puede ver, si algo podemos decir es que hemos hecho buenos amigos que no han dudado en ayudarnos hasta el último día.
El lunes era el día D. Teníamos un taxi preparado para que viniera a buscarnos a las dos y media cuando se presentó casi una hora antes. A pesar de insistir en que no nos preocupáramos, que nos esperaba, aquello fue la locura final: Recogiendo la comida de cualquier forma, metiendo las últimas tonterías (porque ya eran tonterías) en huecos sueltos, dejando de todo por todos lados, olvidándonos (¡horror!) un disco duro externo en un armario… tremendo. Esto hizo que, para ser honesta, ya que tanto critiqué el estado de la casa cuando llegué, dejara una casa que parecía una venganza. Cierto es que no había suciedad con solera pero quedaron papeles, pinturas, pequeños objetos por todas partes, decidiendo que asumiría las críticas humildemente y pidiendo disculpas al casero por anticipado, para que no pensara que esa es nuestra forma habitual de abandonar viviendas.
Uno de los motivos que nos hacía correr como locos, a pesar de la tranquilidad del taxista, era que poco antes de llegar el buen hombre había empezado a nevar y en poco más de media hora estaba todo totalmente cubierto. Si bien estábamos contentos porque creíamos que ya nos íbamos sin ver Boston nevado, también teníamos miedo que hubiera problemas en las carreteras al ser la primera nevada. Tras dar la última pasada por todas las habitaciones intentando descubrir algún objeto fundamental y hacer unas fotos de cada una de ellas, queriendo retener ese momento final, nos despedimos del lugar, abrazados, sabiendo que, definitivamente, había acabado nuestra estancia en aquello que acabó siendo nuestro hogar. Adiós a nuestras comidas en la cocina, en aquellas sillas altísimas. Adiós al porche que tan buenos momentos nos dio. Adiós al salón y al incómodo sofá con un muelle roto sobre el que vimos tantos partidos de fútbol. Adiós a las pequeñas habitaciones y sobre todo, a mi maravillosa cama de IKEA. Adiós casa.
La salida consiguió rebajar el momento lágrima mientras veíamos pelearse al hombre con nuestro equipaje que parecía el del emir de sabediosdónde, camino de Marbella. Lo consiguió y antes de meternos al coche, medio congelado, nos hizo la última foto en la puerta de casa, con un paisaje que, nuevamente, había cambiado el gris de las ramas por un blanco integral. Llegando a la esquina casi matamos del susto a nuestro taxista al ver al policía que todos los días nos saludaba y nos deseaba un buen día y del que nos queríamos despedir, con lo que empezamos a gritarle por las ventanas mientras le mandábamos parar el taxi. Se acercó con cara de susto, pensando que éramos una panda de chiflados, pero al vernos, nos despidió encantador, como siempre, entre risas y abrazos, sobre todo para mi peque, que era su punto principal de atención. El taxista también tenía cara de susto, pero luego nos dimos cuenta que éste sí que lo debió pasar mal por un momento, pensando en la multa que le podía caer a la vista del equipaje y la cantidad de gente que había metido en su coche.
Llegamos contentos de salir de aquella jaula y los 8 grados bajo cero reactivaron la circulación que se había paralizado totalmente ya que no teníamos sitio para mover un dedo. Recuento de bultos (actividad que se repitió continuamente durante el viaje) y entramos contentos de ir más que sobrados de tiempo. Primera decepción. El vuelo tiene un retraso de cuatro horas y no sale hasta las nueve y media. Haciendo cola en facturación, paseos para cambiar la conexión en París, vuelta a facturación para acabar el papeleo, rezos para que no contara el montón de bolsas que llevábamos aprovechando todos los huecos…. A pesar de que el chico fue encantador comenzamos nuestra espera con el montón de equipaje de mano, dudando si llegaríamos a abandonar Boston aquel día. Una hora después de lo previsto conseguimos embarcar sabiendo que, por lo menos, ya íbamos a estar al otro lado del océano, que no deja de ser un poquito más cerca de casa. La llegada a París, en hora, tuvo un absurdo retraso al no disponer de sitio para aparcar el avión lo que hizo que estuviésemos otra hora en el interior, esperando para desembarcar.
Al volver a pasar el control de pasaportes sí que se dispararon todas las alarmas y un montón de operarios nos insistían en que cómo íbamos a llevar tanto equipaje de mano. Y nosotros insistiendo en que veníamos de Boston y que nadie nos había dicho nada. Y ellos, que no podía ser. Y nosotros que sí, que se dieran cuenta de que éramos un montón y que en las bolsas sobrantes sólo llevábamos cosas de la niña, comida para el viaje y cosas así. Y ellos, que no podía ser…. Finalmente, un hombre sonrió, le debimos dar pena al decir que llevábamos seis meses fuera y que, por Dios, tuviera un poco de compasión, y nos dejó pasar. De todas formas, corrimos como locos, porque los compañeros no dejaban de mirarnos intentando calcular la cantidad de equipaje de cabina, bolsos y accesorios que correspondían por cabeza. Prueba superada. Teníamos tiempo de sobra hasta las cuatro de la tarde, pero la entrada en la terminal, con el montón de gente tirada en el suelo, durmiendo, y los vuelos que se iban cancelando nos hizo temer lo peor. La peque siguió durmiendo en una silla, a pesar de que había venido dormida todo el viaje. Los demás pasamos el tiempo como pudimos dando vueltas, comiendo un bocadillo a cuenta de la compañía por el retraso, comiendo el montón de cookies que había llevado como despedida y sin parar de mirar la pantalla de salidas.
Poco después de las cuatro entrábamos en el pequeño avión que nos traería a Asturias con una sensación de paz que no se puede describir con palabras. Mientras mi peque volvía a los brazos de Morfeo (incontables las horas que durmió en total) no dejamos de mirar la ventanilla como si con eso el viaje fuera a durar menos. Nunca nos pareció tan bonita la visión de la ciudad, el Molinón, el Grupo, la autopista… hemos llegado!!!!
Milagrosamente llegaron todas las maletas con nosotros y a pesar de que una venía metida en una bolsa porque, lógicamente, había estallado por el camino y otras dos venían abiertas para esas revisiones rutinarias que hacen, no nos faltó nada. Bueno, eso creemos, porque es imposible hacer recuento de tanta maleta.
El reencuentro fue fantástico y después de mil besos y abrazos volvimos a nuestra casa que ha ganado muchos puntos después de estos meses fuera de ella. No pudimos dormir sin dar una vuelta por la playa pero, viendo que no había un alma, decidimos ir a tomar una copa al bar de Julio, no fuera a ser que inauguráramos nuestra estancia con algún percance.
Llevamos cuatro días de locura intentando poner orden, guardar las cosas, esconder maletas (¿qué vamos a hacer con tanta maleta?), hacer las cartas de los Reyes, cenas con la familia, comidas con la familia, encuentros con los amigos…. Estamos molidos, sin acabar de acoplar el reloj biológico al analógico pero somos inmensamente felices y sólo tenemos ganas de seguir recuperando a todos y cada uno de los que tanto nos hemos acordado en estos meses.
Esto se acaba y sólo queda hacer recuento, hacer balance, analizar un poco lo que ha sido y lo que va a suponer, pero, lo dejamos para otro día…. Vamos a reposar las sensaciones y los recuerdos para que cada palabra diga exactamente lo que quiero decir y eso, no es fácil.