sábado, 25 de diciembre de 2010

EL REGRESO


Todavía estamos recuperando las fuerzas y librándonos de la diferencia horaria, que sigue gastando sus bromas y haciendo que, a estas horas, no tengamos ni un poquito de sueño. El último día hice un paréntesis mientras hacía las maletas, labor que me costó, literalmente, sangre, sudor y lágrimas. A pesar de haber conseguido otro par de ellas (de esas que dudas que lleguen a su destino por lo malísimas que eran) en el último viaje a NY, tuve que realizar un esfuerzo sobrehumano y decidir qué pertenencias abandonábamos, regalábamos e incluso olvidábamos, aunque esto fuera de una forma inconsciente.
Habíamos puesto a la venta las cosas que habíamos comprado para las necesidades del día a día y viendo que vendíamos las más importantes ya estábamos tranquilos cuando, para completar nuestra felicidad, nos apareció un comprador para la famosa cama de IKEA. A pesar del lío social de los últimos días, ya que los niños no paraban de despedirse y mi marido quería dejar las cosas acabadas y despedirse, igualmente, de sus compañeros, hicimos un hueco el viernes a las cuatro y media para quedar con nuestro comprador y quedarnos sin cama. Preparamos la cama en el pasillo, enterita, salvo el somier y el colchón que habíamos apartado. Esperamos y pasando unos minutos de la hora llegaba el chico a casa. Se puso manos a la obra con nosotros intentando, entre todos, librar el último obstáculo que era el giro del pasillo a la puerta y que, tras unos cuantos cambios de estrategia, golpes a las paredes, manos pilladas y expresiones más o menos malsonantes, conseguimos superar. Una vez allí el camino hasta la calle era recto y sólo tenían que salvar los cinco escalones para llegar al camión…. ¿dónde está el camión? De pronto nos dimos cuenta de que no se nos había ocurrido mirar qué vehículo había traído el chaval. Ahí estaba la novia, con prisa, como quien va a recoger una pizza, con un coche tipo monovolumen. ¿Cómo vas a meter la cama entera ahí? Y el chico diciendo que sí, que entraba y que sino la ponía arriba (no tenía ningún tipo de artilugio que permitiera colocar nada encima). Desarmarla era imposible, ya que no teníamos herramientas para ello y resultaba imposible aflojar los tornillos con aquellos destornilladores.
Después de unos momentos absurdos decidió que volvería a por ella con un camión de nosequé familiar como muy tarde el domingo. Mi superinstinto me hizo pensar que ni de coña. No sé si fue la extraña actitud de la novia, la empanada del chaval o qué, pero no me gustó. Por lo menos, colaboró en el camino de vuelta hacia el dormitorio y la cama volvió a su sitio, del que ya no se movió, porque a pesar de la llamada el domingo al mediodía confirmando que vendría a las diez, nunca más supimos de él. El sí supo de nosotros porque le pusimos verde, vía correo electrónico, explicándole que no sólo había impedido que la vendiéramos a otra persona sino que, también había impedido que llamásemos a una fundación para que se la llevara, que era la opción preparada si no la vendíamos. Tememos que acabe junto a la gran cama en la habitación de los horrores del sótano.
Decidimos no enfadarnos porque bastante teníamos con el lío de equipaje que habíamos montado. Al final, nuestro amigo asturiano residente en Boston se prestó a llevarnos otra maleta que, a su vez, me había dejado mi profe de inglés. Como se puede ver, si algo podemos decir es que hemos hecho buenos amigos que no han dudado en ayudarnos hasta el último día.
El lunes era el día D. Teníamos un taxi preparado para que viniera a buscarnos a las dos y media cuando se presentó casi una hora antes. A pesar de insistir en que no nos preocupáramos, que nos esperaba, aquello fue la locura final: Recogiendo la comida de cualquier forma, metiendo las últimas tonterías (porque ya eran tonterías) en huecos sueltos, dejando de todo por todos lados, olvidándonos (¡horror!) un disco duro externo en un armario… tremendo. Esto hizo que, para ser honesta, ya que tanto critiqué el estado de la casa cuando llegué, dejara una casa que parecía una venganza. Cierto es que no había suciedad con solera pero quedaron papeles, pinturas, pequeños objetos por todas partes, decidiendo que asumiría las críticas humildemente y pidiendo disculpas al casero por anticipado, para que no pensara que esa es nuestra forma habitual de abandonar viviendas.
Uno de los motivos que nos hacía correr como locos, a pesar de la tranquilidad del taxista, era que poco antes de llegar el buen hombre había empezado a nevar y en poco más de media hora estaba todo totalmente cubierto. Si bien estábamos contentos porque creíamos que ya nos íbamos sin ver Boston nevado, también teníamos miedo que hubiera problemas en las carreteras al ser la primera nevada. Tras dar la última pasada por todas las habitaciones intentando descubrir algún objeto fundamental y hacer unas fotos de cada una de ellas, queriendo retener ese momento final, nos despedimos del lugar, abrazados, sabiendo que, definitivamente, había acabado nuestra estancia en aquello que acabó siendo nuestro hogar. Adiós a nuestras comidas en la cocina, en aquellas sillas altísimas. Adiós al porche que tan buenos momentos nos dio. Adiós al salón y al incómodo sofá con un muelle roto sobre el que vimos tantos partidos de fútbol. Adiós a las pequeñas habitaciones y sobre todo, a mi maravillosa cama de IKEA. Adiós casa.
La salida consiguió rebajar el momento lágrima mientras veíamos pelearse al hombre con nuestro equipaje que parecía el del emir de sabediosdónde, camino de Marbella. Lo consiguió y antes de meternos al coche, medio congelado, nos hizo la última foto en la puerta de casa, con un paisaje que, nuevamente, había cambiado el gris de las ramas por un blanco integral. Llegando a la esquina casi matamos del susto a nuestro taxista al ver al policía que todos los días nos saludaba y nos deseaba un buen día y del que nos queríamos despedir, con lo que empezamos a gritarle por las ventanas mientras le mandábamos parar el taxi. Se acercó con cara de susto, pensando que éramos una panda de chiflados, pero al vernos, nos despidió encantador, como siempre, entre risas y abrazos, sobre todo para mi peque, que era su punto principal de atención. El taxista también tenía cara de susto, pero luego nos dimos cuenta que éste sí que lo debió pasar mal por un momento, pensando en la multa que le podía caer a la vista del equipaje y la cantidad de gente que había metido en su coche.
Llegamos contentos de salir de aquella jaula y los 8 grados bajo cero reactivaron la circulación que se había paralizado totalmente ya que no teníamos sitio para mover un dedo. Recuento de bultos (actividad que se repitió continuamente durante el viaje) y entramos contentos de ir más que sobrados de tiempo. Primera decepción. El vuelo tiene un retraso de cuatro horas y no sale hasta las nueve y media. Haciendo cola en facturación, paseos para cambiar la conexión en París, vuelta a facturación para acabar el papeleo, rezos para que no contara el montón de bolsas que llevábamos aprovechando todos los huecos…. A pesar de que el chico fue encantador comenzamos nuestra espera con el montón de equipaje de mano, dudando si llegaríamos a abandonar Boston aquel día. Una hora después de lo previsto conseguimos embarcar sabiendo que, por lo menos, ya íbamos a estar al otro lado del océano, que no deja de ser un poquito más cerca de casa. La llegada a París, en hora, tuvo un absurdo retraso al no disponer de sitio para aparcar el avión lo que hizo que estuviésemos otra hora en el interior, esperando para desembarcar.
Al volver a pasar el control de pasaportes sí que se dispararon todas las alarmas y un montón de operarios nos insistían en que cómo íbamos a llevar tanto equipaje de mano. Y nosotros insistiendo en que veníamos de Boston y que nadie nos había dicho nada. Y ellos, que no podía ser. Y nosotros que sí, que se dieran cuenta de que éramos un montón y que en las bolsas sobrantes sólo llevábamos cosas de la niña, comida para el viaje y cosas así. Y ellos, que no podía ser…. Finalmente, un hombre sonrió, le debimos dar pena al decir que llevábamos seis meses fuera y que, por Dios, tuviera un poco de compasión, y nos dejó pasar. De todas formas, corrimos como locos, porque los compañeros no dejaban de mirarnos intentando calcular la cantidad de equipaje de cabina, bolsos y accesorios que correspondían por cabeza. Prueba superada. Teníamos tiempo de sobra hasta las cuatro de la tarde, pero la entrada en la terminal, con el montón de gente tirada en el suelo, durmiendo, y los vuelos que se iban cancelando nos hizo temer lo peor. La peque siguió durmiendo en una silla, a pesar de que había venido dormida todo el viaje. Los demás pasamos el tiempo como pudimos dando vueltas, comiendo un bocadillo a cuenta de la compañía por el retraso, comiendo el montón de cookies que había llevado como despedida y sin parar de mirar la pantalla de salidas.
Poco después de las cuatro entrábamos en el pequeño avión que nos traería a Asturias con una sensación de paz que no se puede describir con palabras. Mientras mi peque volvía a los brazos de Morfeo (incontables las horas que durmió en total) no dejamos de mirar la ventanilla como si con eso el viaje fuera a durar menos. Nunca nos pareció tan bonita la visión de la ciudad, el Molinón, el Grupo, la autopista… hemos llegado!!!!
Milagrosamente llegaron todas las maletas con nosotros y a pesar de que una venía metida en una bolsa porque, lógicamente, había estallado por el camino y otras dos venían abiertas para esas revisiones rutinarias que hacen, no nos faltó nada. Bueno, eso creemos, porque es imposible hacer recuento de tanta maleta.
El reencuentro fue fantástico y después de mil besos y abrazos volvimos a nuestra casa que ha ganado muchos puntos después de estos meses fuera de ella. No pudimos dormir sin dar una vuelta por la playa pero, viendo que no había un alma, decidimos ir a tomar una copa al bar de Julio, no fuera a ser que inauguráramos nuestra estancia con algún percance.
Llevamos cuatro días de locura intentando poner orden, guardar las cosas, esconder maletas (¿qué vamos a hacer con tanta maleta?), hacer las cartas de los Reyes, cenas con la familia, comidas con la familia, encuentros con los amigos…. Estamos molidos, sin acabar de acoplar el reloj biológico al analógico pero somos inmensamente felices y sólo tenemos ganas de seguir recuperando a todos y cada uno de los que tanto nos hemos acordado en estos meses.
Esto se acaba y sólo queda hacer recuento, hacer balance, analizar un poco lo que ha sido y lo que va a suponer, pero, lo dejamos para otro día…. Vamos a reposar las sensaciones y los recuerdos para que cada palabra diga exactamente lo que quiero decir y eso, no es fácil.

domingo, 19 de diciembre de 2010

RETAZOS



Se acerca el final y, realmente, queda mucho por contar pero he decidido hacer un post resumen de todo ello. Ya volveremos con el tiempo a recordar las pequeñas anécdotas, los detalles que han hecho que no nos olvidemos de cada lugar, pero ahora toca ir cerrando el viaje. Entre un montón de maletas, ropa, papeles, juguetes y qué se yo, tendré que intentar abstraerme de todo y volver al verano.
Llegaba septiembre y los niños empezaban los colegios enseguida, con lo que habíamos ido planeando prepararles algo que les quedara en el recuerdo, y ya que estábamos al otro lado del charco, decidimos ir a Orlando.
Pero antes de irnos habíamos pasado medio mes ocupados con el papeleo y el montón de entrevistas, tanto en el colegio de la pequeña como en la High School de los mayores. Ambos colegios tienen una pinta impresionante, pero la High es lo que cualquier persona se imagina que tiene que ser una auténtica escuela americana. Las entrevistas en este caso fueron más formales. Ahí estábamos  toda la familia sentada en una sala con la directora de los estudiantes internacionales explicándonos cómo iba a ser la escolarización de los niños. Nos juntaron en la reunión con otra familia italiana, me imagino que por la cercanía geográfica o por el acento latino, o vaya usted a saber. El caso es que resultó una reunión un tanto pintoresca, con los adolescentes cohibidos y superformales en las contestaciones, yo con cara de por dios, que hable más despacio, la peque, sin parar de revolver y la italiana (madre), impresionantemente alta, con su ingles mezclado con el italiano, cual Antonia Dell’Ate. Tuvimos que repetir certificados que ya traíamos, traducir las notas con la intervención de un notario, rehacer nuevos certificados emitidos por médicos americanos…. Todo este papeleo nos recordaba los inicios de esta aventura, pero después de tres semanas (el papeleo duró hasta la primera semana de colegios) conseguimos completar todo y no ha habido ningún problema. 
Lo que sí ha sido una experiencia es la forma en la que conciben la comunicación con las familias. Una vez comenzado el curso, se han continuado las reuniones, sobre todo en el cole de la peque, para ir viendo cómo progresaba y que te contasen lo bien que la ven y esas cosas. El tema es que estas reuniones, para evitar problemas de compatibilidad con los trabajos, te las hacen sin ningún problema a las 7 y media de la mañana, por lo que todavía no tenemos muy claro a qué hora entran estos profesores al colegio.
Aparte de los encuentros con los profesores, son muy dados a las reuniones comunes, con otros padres, para favorecer la integración de los nuevos alumnos y de sus familias. Una vez que acaba la introducción por parte de profesores y dirección, te dejan con los cafés, galletas, etc, para que los padres hablemos entre nosotros. Y ahí te ves tu, con la pegatina a la altura del pecho y un señor (por supuesto, también hay señoras, pero en este caso, es menos violento) mirando fijamente a esa zona de tu anatomía, luego a los ojos y te dice: “hello, ana?, how are you? Where are you from? Oh! Your child is lovely” y tú piensas ¿y a tí qué más te da de donde soy, ni como estoy? ¿y cómo sabes lo lovely que es mi hija, si la acabas de conocer y encima te está mirando fatal?. Pero no lo dices en alto. Dices un tímido:”eeee….from Spain, oh, thank you. I´m sorry, my english is horrible! Y miraba a mi santo para que retomara él la conversación, si es que no estaba ya enfrascado con otro interlocutor. Lo malo es que esto se repetía continuamente y así en cada reunión de este tipo. Seguíamos sintiéndonos como en una peli americana o por lo menos, los protas de un “estrenos TV”.
El fin de semana antes de empezar los colegios fue el elegido para el viaje a Orlando, por aquello de quitar nervios y preparar el ánimo para lo que creíamos que iba a ser una dura prueba para ellos y que, al contrario, ha resultado uno de los pilares del éxito de esta aventura. Realmente de este tipo de parques, no hay mucho que contar. A todos nos encanta el ambiente entre festivo y hortera, los muñecos con los que te haces fotos aunque no te acuerdes de qué peli son, la comida espantosa, la música continua, las colas en las atracciones….. No, no tuvimos muchas colas. Preguntábamos a los taxistas cómo había tan poca gente, porque nos había llamado la atención si lo comparas con las esperas en cualquier parque temático de España. Ellos lo achacaban a que era el fin de semana previo al inicio de los colegios, cosa que no entendíamos, ya que debería haber sido al contrario. Llegamos a la conclusión de que, aunque sean más benévolos con su crisis, la tienen tan grande, por lo menos, como la nuestra. Esta misma falta de público en España se habría merecido una portada, pero aquí se suaviza y se achaca a lo que sea.
Después de un largo fin de semana relajándonos por el método extraño de ponerte cardiaco en las atracciones más peligrosas, retomamos nuestra rutina y los niños, para nuestra sorpresa y tranquilidad, no sólo no tuvieron ningún problema de integración, sino que iban encantados a sus colegios. Hicieron amigos rápidamente y ahora, cada vez que les preguntas con quién han quedado, parece el principio de un chiste, porque la respuesta es del tipo: “íbamos yo, la española, una brasileña, un israelí, un italiano y uno de Cabo Verde”...
Para fomentar esta integración, el instituto ha realizado cenas, comidas y excursiones. Una de ellas es lo que se denomina “Apple picking”,  o lo que nosotros llamaríamos “ir a por manzanas”. El colegio de la peque también lo hizo y en este caso fui de acompañante, por aquello de ayudar y, sobre todo, porque era el principio y la pobre apenas hablaba nada. No es que yo hablase demasiado, pero bueno, entre mis cuatro palabras y mis mil gestos, me apañaba. El evento consiste en que te llevan a una granja en la que hay unas pomaradas preciosas. Te dan unas bolsitas y las llenas de manzanas, eso sí, siguiendo las instrucciones que te han dado previamente. Te invitan (previo pago) a pastel de manzana, sidra dulce y, en nuestro caso (los mayores debieron ir a otra granja), nos regalaron unas calabazas para ir preparando Halloween y nos enseñaron la zona en la que tenían los animales, por aquello de que los niños de la ciudad sepan cómo es una cabra vista de cerca. Creo que en esto también tendremos que profundizar a la vuelta (no en lo de la cabra, en lo del Apple picking), porque con la de manzanas que tenemos y el aliciente de la sidra de verdad (y no esa sidra dulce que no vale para nada), podríamos mejorar el invento del Apple picking con la gorra.
 Había empezado la temporada de fútbol americano pero llegamos a la conclusión de que nos sería dificilísimo asistir a un partido del equipo profesional de Nueva Inglaterra, los “Patriots” (sin hablar de que la entrada no baja de los 100 dólares). El estadio está como a tres cuartos de hora, pero no tiene una buena conexión con el transporte público y acaba muy tarde, con lo que decidimos ir a un partido de la liga universitaria. El Boston College tiene al equipo estrella, los “Eagles” y un campo impresionante, teniendo en cuenta que pertenece a la Universidad. El día elegido, sin darnos cuenta, fue el 11 de Septiembre. Íbamos preparados para una tremenda exaltación de patriotismo y emotividad, pero salvo el recuerdo y el minuto de silencio que se realizó en el inicio del partido, no hubo más menciones sobre el desafortunado día. No voy a repetirme con el himno, pero como en todas las ocasiones, impresionante. Las animadoras, tremendas, trabajan más que los chicos bailando continuamente en los lados del campo. Para colmo, los jugadores son ciento y la madre, que cambian continuamente en función de la estrategia del partido, de si atacan o defienden, de que estén más o menos afortunados… Resulta un deporte muy espectacular y entretenido. Mi costilla se ha aficionado y no nos perdemos los partidos de la liga que emiten en la televisión. Si llegamos a estar un par de meses más, nos hacemos socios del equipo y nos aprendemos el himno, fijo!
Tranquilos por el inicio de los niños y después de un par de semanas, continuamos con nuestras escapadas de fin de semanita y decidimos visitar Philadelphia, que estaba a una distancia tolerable. La ciudad es bonita, tranquila pero además tiene el aliciente patriota de ser la cuna de la nación, con lo que nos empapamos, de nuevo, del espíritu americano. Vimos la campana de la libertad, el salón de la Independencia (el lugar en el que  se firmó la declaración de la independencia de las 13 colonias) y recorrimos con un autobús turístico, de esos en los que te puedes subir y bajar durante todo el día, los edificios y lugares históricos más importantes de la ciudad.
Para desprendernos un poco de tanta seriedad decidimos acercarnos hasta el Museo de Arte, y hacernos unas fotos al más puro estilo turista en las escaleras que subía Rocky en sus entrenamientos, abrazados a la estatua de Rocky, pisando las huellas de Rocky, levantando los brazos, como Rocky….. Nada que no hiciera el montón de gente que nos rodeaba, con lo que parecíamos una coreografía torpe preparada para la descalificación en la próxima ronda del jurado. Mi pequeña tuvo la primera visita del ratoncito Perez esa noche, en el hotel, sin explicarnos todavía como pudo enterarse de la pérdida dental tan lejos de España.
En la vuelta a casa paramos en un pueblo muy pintoresco, llamado New Hope,  que parecía haberse parado en el tiempo, si no fuera por la cantidad de turistas y está en la frontera con el estado de New Jersey, donde decidimos realizar una parada, concretamente, en el Liberty State Park. Es una visita que recomiendan siempre que vas a Nueva York, pero que, por lo menos a nosotros, nunca nos había dado tiempo, ya que, puestos a elegir,  prefieres estar en NY a verlo desde el otro lado. Es bonita porque en este caso lo que ves, es la ciudad desde la otra costa, con la estatua de la libertad  dándote la espalda y todo el bajo Manhattan ante tus ojos. Valió la pena, aunque nos quedásemos con las ganas de pisar la ciudad por un ratito.
Las visitas que siguieron, ya las conocéis, con el lío que he montado en el tiempo. Los espacios entre ellas los llenamos con la rutina de cualquier familia con niños en edad escolar. Mezclamos paseos con visitas a algún museo, cenas americanas, compras más o menos intencionadas, pequeños amagos turísticos urbanos…. Nos visitaron Serafín y Angelines, que hicieron un salto en su viaje para vernos y con los que pasamos dos días estupendos, sin callar un segundo, de tanto que queríamos contarnos. Ellos también estuvieron un tiempo fuera y saben lo que se agradecen estas visitas, la sensación que te aportan de que lo que recuerdas sigue ahí, que es real y que te está esperando. El cariño era ya conocido, pero esta visita confirmó totalmente el motivo del mismo.
Nos visitó también la familia, compartiendo unos días estupendos con escapada a NY incluida, como conté tiempo atrás. Esa visita fue fabulosa para todos, pero para la peque fue esencial la recarga de mimos de abuela que todo niño necesita, a pesar de que gracias al invento del Skipe, tiene mimos de toda la familia en directo y a diario.
Cuando ya creíamos que se acababan las visitas, Gonzalo y Marta, su mujer, aprovechando que iban a estar un día por estas tierras compartieron su tiempo con nosotros, volviendo a pasar unas horas estupendas, en las que por un momento se te olvida que, realmente, estás a miles de kilómetros de casa…





martes, 14 de diciembre de 2010

NAVIDAD EN MANHATTAN




Se me están acumulando los acontecimientos. Estamos a una semana de acabar la aventura y yo con estos pelos, con las excursiones a medio redactar, las fotos sin descargar y para colmo, decido volver a dar un salto en el tiempo porque…… hemos hecho nuestra última escapada que, cómo no, tenía que ser a Nueva York. La justificación en este caso era que si el ambiente navideño, que si el árbol del Rockefeller Center, que imagínate ver Central Park nevado, que si la banda de mi visa aguanta más que la tuya, vaya, que no hubo duda de que éste tenía que ser el cierre
Como ésta no fue una decisión improvisada, los preparativos empezaron hace más de tres semanas. Después de andar mirando si primero reservábamos el hotel o el autobús, acabamos decidiéndonos por éste último y fijamos, definitivamente, la salida para el bus de las diez de la mañana, continuando con la búsqueda de alojamiento. Ibamos de susto en susto, viendo que los precios estaban más que disparados por las fechas hasta que nos decidimos por un apartamento cerca de Times Square. No era el del viaje anterior. 
Nos levantamos tan contentos y seguros de que teníamos tiempo de sobra, pero como suele ser habitual, una cosa llevó a la otra y no salimos de casa hasta las 9 y 20. Esto hizo que no dejáramos de rezar en todo el camino y casi nos diera un colapso cuando en el único transbordo pasaron tres trenes en la otra dirección mientras que el nuestro seguía sin aparecer y se iba acumulando la gente en el andén.
Conseguimos llegar siete minutos antes de la salida del autobús, corriendo por toda la estación con abrigos, maletas, gritándonos unos a otros: ¡corre! ¡no corre tú! ¡la niñaaaaaaaaa! Y la gente muerta de risa.  No me extraña. El conductor nos informó, muy amable, de que había dos noticias, una buena y una mala. La buena era que habíamos llegado a tiempo por los pelos pero la mala era que no tendríamos sitio juntos. Sin perder la fe, nos encaminamos al piso superior, el que nos gusta, pero íbamos viendo que, efectivamente, los huecos eran salteados, pues como es lógico, la gente se va sentando sola hasta que no le queda más remedio que compartir viaje. Yo seguía caminando hacia el final, esperando un milagro y veo que en la penúltima fila hay dos huecos y que la nuestra, la última, solo tiene un pasajero. Eso sí, el pasajero era gigante, pero era uno. Ni corta ni perezosa, sin pensar en mi habilidad lingüística, ni esperar por mi traductor oficial, que suele ser lo que hago, me tienes pidiendo al buen hombre si no le importaba dejarnos los cinco asientos, que nos venían de perlas, y sentarse él en los dos de la penúltima fila (recalcando que eran dos, vaya, perfecto para su tamaño).  Vale, bien, tuve que repetir la petición porque me embarullé un poco, pero ya sea porque me entendió, o porque nos contó y se dio cuenta de que era mejor tenernos juntos detrás que rodeándole y amargándole el viaje, el buen hombre accedió. Bueno,  parece que el viaje se empeñaba en poner trabas, pero íbamos saliendo airosos de las pruebas.
A pesar de las amenazas del conductor cuando nos informó de que no nos hiciéramos ilusiones de llegar a NY antes de las 3 y media (casi una hora y cuarto más de lo habitual), estábamos atravesando el Bronx a la una, justificándolo por los altavoces como un auténtico milagro. Costó una hora llegar junto a Penn Station, pero ya estábamos en la ciudad. Al comenzar a andar entendimos el motivo de la subida de tarifas hoteleras porque no había forma de caminar, nunca habíamos visto tanta gente; bueno, sí,  en los alrededores de la Puerta del Sol un domingo por la mañana. 
Fuimos caminando como pudimos, oyendo españoles por todos lados, hasta llegar al apartamento para dejar las maletas. “Tiene que ser por aquí…. no lo veo… ah, sí esta puerta!” La puerta era de cristal, dando paso a una estrecha entrada y una aún más estrecha escalera, de un solo tramo por planta. De hecho, sólo cabía una persona a la vez y tenía una altura de escalón más que intolerable para cualquier problema de cadera. Para qué hablar de leyes de protección contra incendios, accesibilidad, diseño, etc. Mi santo nos intentaba calmar diciendo que, efectivamente, las opiniones de los clientes era lo que criticaban, pero que el apartamento estaba bien.
Al llegar habíamos llamado para que nos abrieran la puerta y esas cosas (no había recepción) y además de informarnos de que nuestro apartamento era el 4ºF (vaya, la cuarta planta) también nos dijeron que las llaves estaban en la cocina y que podíamos entrar porque la puerta estaba abierta. De nuevo, “calma, esto también es habitual en algunos apartamentos”. Después de varios intentos, girando el picaporte en todos los sentidos, empujando a la vez y sin empujar, decidimos volver a llamar porque no había forma de entrar. El buen hombre, judío para más señas (es que llevaba el gorro judío, el Kipá ) se presentó y nos abrió la puerta no sin pelear también un ratito con ella. Cuando nos dejó solos nos dimos cuenta de que por una vez, los foreros se debían haber fumado algo antes de escribir, o debieron aprovechar alguna oferta o sabe dios, porque para más de trescientos dólares la noche, que costaba aquello,no había por dónde cogerlo. El sitio en sí no era malo, ramplón, pero no malo, pero empezamos la inspección y vimos, al abrir las camas unas sábanas de esas que tienen manchas intratables incluso para el señor del anuncio (no sucias de “me acabo de levantar”, pero vaya, de esas que no pones a nadie que no sea muy íntimo), las toallas todavía húmedas de la lavandería, sin un armario donde colgar nada……. Oh, my god!

Vuelta al teléfono y promesa de que cambiarían sábanas y toallas.  No había remedio. Dejamos  todo en el apartamento y nos fuimos a olvidar penas paseando con el millón de amigos habían decidido acompañarnos por la 5ª avenida. Las calles no tienen adornos, en general, como nosotros los entendemos, pero las tiendas y edificios más importantes están impresionantes, compitiendo entre sí con unas decoraciones  que hacen que nos paremos cada dos por tres, unas veces por gusto y otras, por gusto de los que nos rodean. Seguimos caminando y habíamos pensado patinar en el Rockefeller, pero fue imposible por la cantidad de gente así que estuvimos un rato disfrutando en la distancia de las caídas, de los que no se caían porque no se soltaban de la barandilla, de un señor que debía ser patinador retirado porque daba gusto verlo, de una niña que debía querer ser patinadora en activo porque la daba gusto verse… !Qué envidia!, lo dejaremos para Boston, a ver si lo conseguimos. 

Cenamos a la hora americana, ya que habíamos comido en el autobús y nos dirigimos hacia Times Square porque habíamos reservado una sorpresa a los niños. La expresión de sus caras cuando nos plantamos en la puerta del teatro y vieron que teníamos entradas para ver el Rey León nos hizo olvidar las sábanas, las escaleras y todo lo que recordara aquel hotel por unos momentos. En cuanto al musical, los números, muy buenos y la puesta en escena, espectacular. Esperábamos más, yo creo que por la campaña que tienen montada y por lo jorobado que está conseguir entradas, pero vale la pena verlo. Lo que ya no va a hacer falta es viajar para hacerlo porque lo van a estrenar el próximo año en Madrid, así que habrá que comparar.
Llegó el momento de volver a dormir. Había sido un viaje muy largo, un día muy intenso y después de otro paseo no quedaba más remedio que volver al apartamento.   
Resignados ante la fatalidad subimos las escaleras como quien va al patíbulo y entramos.  Comprobamos que habían cambiado las sábanas de la cama matrimonial y también las toallas. Nos pusimos a hacer las camas del sofá cama y del sillón cama y! horror!. Las sábanas que estaban dobladas no las habían cambiado y tenían el mismo tipo de manchas: de esas que resisten los lavados así que  aunque se veían limpias de lavandería, te apetecía llorar. Se completó el cuadro con un agujero en las sábanas de la cama pequeña y una mancha en el cobertor. Aquello era demasiado. Mi marido llamó de nuevo a los del hotel (sin respuesta), a la página de hoteles (muy amables, pero ellos no podían hacer nada salvo intentar hablar con ellos). Decidimos que aquella noche la pasábamos allí porque no eran horas de andar por las calles pero reservamos un hotel para la noche siguiente junto a la zona cero. 
Después de dormir embutidos en los pijamas y con las camisetas puestas en las almohadas, a modo de funda, salimos rápidamente a las 8 de la mañana deseando no haberlos conocido nunca. Por supuesto, no nos contestaron al teléfono y las noticias de Booking no son alentadoras, ya que nos quieren cobrar la segunda noche a pesar de nuestras quejas. Habrá que seguir peleando. Como anécdota, el segundo hotel, mejor dicho, el hotel, resultó más barato que el apartamento teniendo el desayuno incluido. Probablemente debíamos haber esperado para reservar a que se acercara la fecha y bajaran los precios, como resultó al final, pero el miedo a no tener habitación nos hizo caer en esta trampa.
El saber que no dormiríamos en el apartamento hizo que no nos importara el hecho de tener que volver a mover maletas y dirigirnos hacia la zona baja de la ciudad. Aprovechamos a comprar un par de maletas más, para evitar estrecheces de equipaje en la vuelta, y volvimos a comprobar las obras en la zona cero, las calles que rodean al ayuntamiento, la bolsa…. Dedicamos la tarde a seguir haciendo turismo mezclado con alguna compra, cada vez menos. Creo que de esta aniquilamos cualquier resquicio de espíritu consumista que quedase en nuestro cuerpo serrano.

Hicimos una incursión en Chinatown ya que tenía que cumplir con un encargo de una amiga que me había pedido un bolso concreto. Después de pasar momentos tensos con unos chicos que parecían más traficantes que vendedores y una señora sacada de una peli de la china comunista que nos paseó por el barrio, desistimos del empeño ante la duda de si estábamos siendo objeto de una cámara oculta o éramos el centro de una operación especial.


Después de cenar y visitar la nueva tienda Disney en Times Square (la de la 5ª la habían cerrado sorprendentemente antes de abrir esta) y pedir a los reyes todo lo que se nos ocurrió volvimos machacados para el hotel, esta vez, uno de verdad, donde dormimos como reyes.
El domingo amaneció lloviendo, por lo que decidimos hacer algo que nunca habíamos hecho en la ciudad: Ir a un museo. Nos dirigimos al Museo de Historia Natural. Después de pasar la mañana viendo todo tipo de bichos actuales y pasados y ….. reproducciones de tribus indias y de sus modos de vida (no conseguimos entender esta parte de la exposición) nos dirigimos hacia el centro porque se acercaba la hora de marchar y queríamos darnos la última oportunidad de satisfacer nuestros ansias de compra.
Nos dirigimos a Macy´s, que nos habían dicho que era una visita obligada por aquello de la decoración navideña, dispuestas a fundir la visa mientras los chicos bajaban al downtown a por las maletas. Nada, nos pudo la presión y el agobio de gente y ni las tentadoras rebajas consiguieron que siguiéramos con las compras. Creo que se nos ha fundido alguna conexión en el cerebro. Nos pusimos a la cola para ver Santaland, que era el máximo reclamo en medio de la cantidad de luces, adornos y lazos rojos en el centro comercial. Después de veinte minutos haciendo el recorrido infantil entre duendes, muñecos y decorado polar llegamos al punto en el que una señorita duende nos dirige a una casita en la que te espera Santa (es que aquí tienen más confianza con Papá Noel) para que los niños se sienten y le cuenten sus peticiones. Por supuesto, la peque se negó en redondo a sentarse sobre las piernas de aquel buen hombre, que sin perder la compostura, la consolaba diciendo que no importaba y que todo estaba bien. De regalo, una chapita y venga, a seguir mirando metros y metros de expositores de ropa.
Viendo que no estábamos muy motivadas, fuimos tranquilamente al punto de encuentro para evitar más sustos con las prisas, mientras intentábamos retener las últimas imágenes de esta maravillosa ciudad. Este era el último viaje dentro del gran viaje y mientras el autobús iba dejando atrás las luces no podíamos evitar pensar que, al fin y al cabo, no deja de ser el preludio de lo que ya se acerca: el final de la aventura. 

viernes, 3 de diciembre de 2010

THE BREAKERS


Me encanta viajar. Me encanta la sensación de subir al coche llenos de bolsas y maletas sabiendo que vamos a conocer algo nuevo. Me encanta mirar al asiento de atrás y ver a los críos entretenidos, peleando, dormidos,  jugando o quejándose continuamente de lo largo que se les está haciendo. Me encanta ver como Juanjo se vuelve loco cuando le damos las instrucciones veinte metros después de la salida que teníamos que tomar. Me encanta el espíritu hippy que nos ha surgido este verano en cada salida a un destino desconocido, por unas carreteras inacabables y durmiendo en hoteles con nombres que parecían sacados de una película de serie B.
Una de las salidas más bonitas la hicimos a finales de Agosto, coincidiendo con el cumpleaños de mi hija mayor. El destino en esta ocasión era el estado de Rhode Island, al sur de Boston. Decidimos empezar por el punto más lejano, que era el pueblo de Newport para luego retroceder hasta la ciudad de Providence.

Como la distancia era corta, salimos el sábado por la mañana para llegar a Newport antes de comer. Se trata, como no, de otro pueblo junto al mar con un puerto deportivo precioso. Las tiendas y restaurantes se encuentran pegaditos a él, formando calles, como si se tratara de un pequeño poblado. El día invitaba a pasear y después de comer  seguimos caminando por la parte interior, hacia  lo que  actualmente centra el interés del pueblo: las grandes mansiones. Newport fue una importante ciudad desde el punto de vista económico y, parece ser para su vergüenza, que también fue el centro neurálgico de la trata de esclavos pero su época dorada la tuvo a mediados del siglo XIX, cuando las grandes familias lo convirtieron en el lugar elegido para levantar sus residencias de verano. De esta forma, se construyeron una cantidad importante de grandes mansiones, a cual más impresionante. Hoy en día se mantienen gracias a que se encuentran protegidas, aunque algunas siguen siendo la residencia familiar (como Liria, vamos) y existen tours para visitar el entorno, los jardines y el interior  de la mayor parte de ellas.
Nosotros decidimos visitar una de las más famosas, The Breakers, la residencia de los Vanderbilt. Tanto la entrada por la zona de los acantilados, como la principal, desde la avenida, son dignas de la mismísima Escarlata O´Hara. Jardín cuidado, césped cortado al milímetro y el mar a sus pies (de hecho, de ahí le viene el nombre). Al entrar en la mansión cogimos unos auriculares de esos que te van contando lo más importante de cada estancia. Memorable la seriedad de la peque siguiendo las instrucciones que daba el padre para ir escuchando todos a un tiempo. ¿Ya papá? ¿oyes lo del baño de la señora? Vale, yo también. Decía muy seria.
Si bien no  es lo mismo que ver cualquier palacio europeo,  es interesante la comparación. Hay que pensar que para este país, las familias poderosas eran sus aristócratas en la época, con lo cual, el paralelismo está servido. Ibamos descubriendo la distribución, los dormitorios separados del matrimonio, pero contiguos y comunicados. El de la señora, eso sí, con todo lo necesario sobre el escritorio para preparar el libro de carruajes, que debía ser la actividad más estresante de la buena mujer. No bueno, no seamos malos, que parece ser que fue un pilar importante en la defensa de los derechos de la mujer (¿?????) Los baños mostraban las mejores piezas y las primeras instalaciones de la época. Los diferentes salones se destinaban a la música, a sala de fumar (horror), a los bailes de la época…. No podías dejar de imaginarte esa mansión en plena actividad con la impresionante cocina en pleno funcionamiento y las escaleras plagadas de gente mientras la señora Vanderbilt organizaba otra de sus veladas musicales. Mis hijos contribuían a este momento de éxtasis invitándonos a imaginar a la buena señora gritando como una loca mientras llamaba para la merienda a los críos perdidos entre las mil escaleras: John Nicolas Benjamin Terceroooooooooooo, que ya está el bocadillo de nocillaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Volvimos sobre nuestros pasos viendo desde las calles otro puñado de mansiones, en una de las cuales se estaba celebrando una fiesta superelegante y nos entretuvimos comprobando el movimiento de los aparcacoches que salían de la finca con el coche  a otra propiedad cercana y volvían corriendo, los pobres, para continuar con el siguiente (¿dónde está el glamour?). La visión acabó con llegada del autobús  que nos devolvió al centro del pueblo.
La noche la queríamos pasar en Providence porque se celebraba una fiesta que habíamos visto en las páginas de turismo y nos había llamado la atención: los WaterFire. Se trataba de un espectáculo de fuego en el río, que presentaban como algo espectacular. Pues bien, era fuego y se realizaba sobre el río, incluso se acompañaba de una música preciosa por megafonía, pero ya está. Montones de maderas ardiendo colocadas en unos cubículos flotantes que iban alimentando unos barquitos perfectamente sincronizados. El público se situaba en todo el paseo junto al río y también había una serie de góndolas para el que los quisiera ver desde más cerca. Claro, los primeros cinco minutos resulta bonito el conjunto de las maderitas, los gondoleros y la música pero es que no sabemos lo que puede durar porque nosotros paseamos por el entorno como una hora y ya estaba más que empezado y sin visos de acabar. La verdad, lo que se dice impresionante…..
Aprovechamos a dar una vuelta buscando un lugar para cenar y encontramos una orquesta en plena calle con un montón de gente bailando y bebiendo. Eso sí, los límites de la zona de fiesta se señalaban con carteles recordándote que no podías beber a partir de ese punto. Cansados de tanto fuego, baile, bebida entre límites y comida rápida nos fuimos a dormir al hotel, esta vez un Marriott:” Courtyard by Marriott-Warwick” a las afueras, que de nuevo resultó un acierto.
El domingo lo pasamos visitando la ciudad, con un calor espantoso que nos hacía parar en busca de aire al final de cada cuesta mientras disfrutamos del centro, el capitolio, los mil memoriales levantados para las víctimas de tantos conflictos y la universidad. En ésta fuimos a dar de casualidad ya que no pensábamos que tuviera un campus tan bonito. Para colmo, dada la fecha, había una actividad febril con montones de chicos y chicas entrando y saliendo, camiones de mudanza, bultos en las puertas de los apartamentos y padres solícitos cargando con ellos. Debía haberse realizado algún acto de presentación y el patio estaba lleno de sillas movidas en su abandono, pese a que mantenían aún una línea casi perfecta. Mientras nos tomábamos un granizado de limón observamos cómo los chicos del banco Santander intentaban captar jóvenes clientes ofreciéndoles regalos en uno de los accesos al campus. Por un momento, creímos estar en casa……