Tengo mis entradas paradas, esperando correcciones que no corrijo, esperando imagenes que no localizo, esperando el momento conmigo que no encuentro.... Pero queria aprovechar la epoca y felicitar a mi gente de buen corazon. La distancia fue el descubrimiento de un canal de comunicacion que se habia perdido en la rutina (como ha vuelto a ocurrir), pero que me dio momentos fantasticos y consiguio redescubrirme a personas que con su atencion me hicieron la vida mas bonita.
Como esa fue la leccion, felicito desde aqui a todos los que me cuidaron y os deseo una Feliz Navidad, en el mas amplio sentido de la palabra. Navidad es nacimiento, comienzo, esperanza... Os deseo que vuestra vida renazca a la felicidad y al amor, que estan los tiempos para quererse y protegerse.
Un abrazo, volvere
miércoles, 25 de diciembre de 2013
domingo, 24 de marzo de 2013
Las tapias de la almudena
Tengo esto muy abandonado. Realmente, va a resultar más sencillo organizarse por el mundo que mantener la puñetera rutina.
En medio de todo el lio diario, se me ocurrió presentar un pequeño relato a un concurso. Evidentemente no conseguí ninguna mención, así que, ahora lo quiero compartir con mi pequeño mundo, mi ciberespacio. Ahí os va....
En medio de todo el lio diario, se me ocurrió presentar un pequeño relato a un concurso. Evidentemente no conseguí ninguna mención, así que, ahora lo quiero compartir con mi pequeño mundo, mi ciberespacio. Ahí os va....
LAS
TAPIAS DE LA ALMUDENA
Iba sentada en el asiento posterior del
coche, concentrada en la nuca de mi padre al que el espejo me devolvía mientras
me ojeaba queriendo infundirme los ánimos que ya me estaban flaqueando. La tía,
con gesto serio, convencida de que era mi obligación: “ya era lo
suficientemente mayor”. Mamá, evitando mi mirada, rendida ante la autoridad de
la tía, “en realidad, tampoco era para tanto, sólo es un cementerio”.
No tenía ningún interés en pisar un
cementerio. La evidencia de los espíritus errantes no me sugería la más mínima curiosidad.
La inmensa tristeza inherente a esos caminos de tierra perfectamente trazados
entre miles de sepulturas me producía una inquietud espantosa.
Me había hecho a la idea. Era el día de los
difuntos y tenía que acompañarlos a la tumba del abuelo, al que acompañaba
recientemente su eterna viuda, mi abuela. Papá, seguramente, habría cedido a
mis súplicas, pero su hermana consideraba una total falta de madurez mi
negativa a pisar el lugar y, en clara minoría, me dejaron sin argumentos para
esperarlos en el coche.
Nunca había estado en La Almudena, nunca
había pisado ningún cementerio, pero cuando nos íbamos acercando, pasando junto
a su muro, una inmensa tristeza se apoderó de mi; una angustia espantosa me
ahogaba y comencé a llorar en silencio, incapaz de frenar el llanto. En
silencio. Sin poder articular una palabra notaba brotar las lágrimas con una
potencia casi grotesca. No sabía qué me pasaba, aquel muro me parecía el lugar
más triste del mundo. El ambiente, el aire, el entorno parecían estar llenos de
dolor. Y sólo lloraba. Papá me miró desde el espejo y con voz firme dijo: “No
entras. Espera en el coche”.
Nadie se atrevió a contradecirle. Su tono no
dejaba lugar a dudas. Era su decisión.
La angustia no desapareció hasta que el muro
no estuvo a una distancia considerable. No me importaban las miradas de
reprobación. Papa me miraba con dulzura, como si lo hubiera entendido todo.
Esperé en el coche y no quise pensar más en ello.
**********
El abuelo era el personaje más interesante de
la familia. Había muerto en la guerra y la negativa de papa a contarnos nada
sobre su padre no hacía más que aumentar el misterio que envolvía su figura.
Cuando éramos niños, en la visita semanal a casa de la abuela, imaginábamos que
estaba escondido en la habitación-trastero. Jugábamos a retarnos para ver quien
se atrevía a quedarse dentro, a oscuras (creo que nos engañaban con eso de que
no funcionaba la luz), y siempre perdíamos los pequeños, que aguantábamos entre
risas y pánico, no fuera a aparecer el abuelo en cualquier momento. De esta
forma, se convirtió en una figura
paralela, entre lo real y lo irreal; lo existente y lo inexistente; entre el
respeto al único difunto cercano y la juerga infantil con la foto de la boda de
época, donde todos parecían abuelos antes de ser padres.
La información se nos iba dando a retazos,
que si era de izquierdas, que si era el niño bonito de la familia, que había
sido un trasto pero que todo el mundo le quería; que si no te había dicho que había
sido alcalde del pueblo…ah! que era cantero. No nos aclarábamos con ese abuelo
que no tenía pinta de abuelo, porque ya habíamos crecido para darnos cuenta de
que murió siendo padre joven, y que además había sido un niño bonito,
trabajador, político….Murio en la guerra. ¿cuándo? En la guerra.
**********
Era un domingo cualquiera de principios de
invierno. Papá y mamá habían venido a comer a casa, como otras veces, pero algo
iba a ser diferente. Los niños ya se habían levantado de la mesa y empezábamos
la sesión de whiskys preceptiva. Al fin y al cabo, un domingo pocas cosas más
se podían hacer. Papá no solía repetir, pero debió tomar dos o le falló alguna
defensa y empezó a hablar. No recuerdo como empezó todo, pero de pronto, todas
las fuerzas del universo se aliaron y, con la naturalidad con que cualquier
hijo habla de su padre, mi padre empezó a hablar. Nos contaba sus recuerdos de
infancia, sus pocos recuerdos de infancia, junto a su padre. Contaba cuando le
llevaba al campo, con los pastores, y comían todos de aquella gran olla. Cada
uno por su lado, por supuesto, con la elegancia que da la rutina, el dominio de
una situación.
Nos contaba, con orgullo, el gran cantero que
era y la huella que había dejado en su pueblo, en Colmenar. Recordaba su
carácter cercano y afable, lo que le había convertido en un hombre popular y
querido. Mezclaba sus recuerdos con los que le habían transmitido su madre, la
esposa, y su abuela, la madre. Mamá, Juanjo y yo estábamos clavados en las
sillas. No sé el tiempo que pudimos estar ahí, sentados, sin articular palabra,
solo escuchando. Es mas, creo que ni escuchábamos. Estábamos todos en un estado
de hipnosis, paralizados, cruzando furtivas miradas entre nosotros para volver
a centrar nuestra atención en él.
Y es que, mientras papá nos iba narrando sus
recuerdos, no paraba de llorar. Sin aspavientos, sin amargura, sin reproches,
sin rabia, sólo lloraba. Y hablaba, no paraba de hablar. Se había abierto la
puerta de los recuerdos y quería compartirlos todos con nosotros…No recuerdo
como acabó el relato, pero aquello abrió el camino a las preguntas.
Poco a poco fuimos hilando los retazos que
nos habían entregado durante años y comprendimos que el abuelo había muerto fusilado
en la guerra. En su corta vida, había sido un hombre jovial, alegre y
campechano. Hijo mimado al que gustaba escapar durante horas por el monte, con
los pastores. Responsable, se hizo con el oficio de cantero, dejando su huella
en las calles que le vieron crecer. Hombre comprometido con sus ideas, siempre
estuvo abiertamente ligado a Izquierda Republicana, consiguiendo representación
en las sucesivas listas municipales por su carácter cercano. La guerra le hizo
alcalde del pueblo, cargo que dejó para continuar su deber. El final de la
guerra se cobró su precio y tras casi un año de cárcel, fue ejecutado.
Tantas cosas fueron cobrando sentido…. De
pronto, entendíamos a aquella abuela de permanente luto, intentando esconder la
rabia bajo una apariencia dura y lejana. Entendí el carácter de mi padre y mi
tío. Su gran sentido de la responsabilidad para su madre viuda y su pequeña
hermana. Entendí que el silencio de tantos años no era más que miedo. Miedo a
las palabras. Miedo a las personas capaces de apuntar con un dedo acusador.
Miedo a perder un padre. Miedo a que te pierdan tus hijos. Miedo a no poder
cuidar de una viuda señalada. Miedo a que las cosas no hubieran cambiado tanto
como creíamos aquellos jóvenes tan modernos y que habíamos salido tan rojetes,
sin haber hecho él nada para ello.
Entendí también el carácter serio, distante,
de mi tía. Entendí a esa niña que se vio sin padre y sin la posibilidad de llorarlo
abiertamente. Entendí a esa mujer que vivió orgullosamente pero con la
necesidad, con la obligación, de guardarse ese orgullo en silencio, mientras
bordaba las sábanas de aquellos que se lo habían arrebatado todo.
**********
Indagando, fui recopilando datos, como la
noticia de la Vanguardia “de la ejecución del último alcalde rojo de Colmenar”
noticia que, por supuesto oculté a mi padre. Encontré un libro local en el que
le nombraban de refilón, pero bueno, le nombraban. Siempre había creído que la
ejecución había sido en Colmenar. No sabíamos que había estado preso en Madrid.
Por alguna razón, se me ocurrió buscar su nombre entre las listas de caídos y
descubrí el nombre de mi abuelo entre los fusilados en las tapias del
cementerio del Este.
Las tapias del Cementerio de La Almudena.
De pronto me vino a la cabeza la expresión de
mi padre aquel día de los difuntos. Creo que él se dio cuenta de lo que yo no
era consciente. Esa angustia que me invadió de una forma totalmente irracional era
el reflejo de la angustia que ninguno había sido capaz de expulsar. Me embistió
la pena que todos habían arrastrado durante años y que había quedado para
siempre ligada a aquellos muros testigos de tanta muerte. El sí entendía lo que
para mí era totalmente incomprensible. De pronto, todo cobraba sentido, y
entendí la profundidad de aquellos ojos, capaces de hablar y escuchar de una
forma casi, sobrenatural.
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