lunes, 25 de abril de 2011

A mi padre


Ya hace dos años que te fuiste. El tiempo ha conseguido calmar el dolor, pero no lo ha hecho desaparecer. Se ha limitado a domesticarlo. El llanto se fue secando y ahora sólo aparece en momentos concretos, cuando los recuerdos o un comentario hacen aflorar la realidad, la certeza de que no estás. No estás en presencia. La ingenuidad de la peque ha hecho que sí estés con nosotros. Sigue convencida de que estás sentado en una nube y en los momentos más inesperados nos asalta con preguntas sobre la ubicación exacta de tu nube, sobre la fecha de tu cumpleaños y el modo en que lo celebras, sobre la forma en la que llegaste a ese lugar (“mami, allí no puede aterrizar un avión, no me engañes, ¿cómo llegó entonces?”)….
Sin entender el porqué, siendo capaz de recordar mil y un momentos, siendo capaz de sonreír contándoselos a mis hijos, hay un par de cosas que no tolero aún: la visión de tu sillón y el arroz con leche. No, no he vuelto a hacer arroz con leche. No he podido. Lo evito, digo que en la próxima comida familiar y me engaño. Tardé más de un año en volver a hacer un bizcocho, pero con esto no puedo.
El sillón sigue ahí y cada vez que lo veo me da una punzada el corazón. Lo evito, lo miro de refilón, fijo mis ojos en la tele, me concentro en mamá, que lo ha hecho suyo, sintiendo igualmente, que era lo más tuyo…. Pero no puedo evitar el desasosiego que me produce.
Probablemente ninguno sabíamos que te íbamos a echar tanto de menos. Ninguno nos habíamos dado cuenta de la cantidad de cosas que eras capaz de decir con tan pocas palabras. La cantidad de cariño que había en aquellas sonrisas. La forma de decir que todo estaba bien con un asentimiento de cabeza seguido de un “¿te apetece tomar algo? Tengo patatitas”. La forma de reaccionar ante cualquier problema haciendo que resultara un pequeño tropezón. La forma de ofrecer ayuda aunque fueras tú quien la necesitara….
La lógica me hace aceptar e incluso agradecer que la muerte no te destrozara la vida. Que llegara al final de una vida estupenda, sin más problemas que cualquier persona de tu época y no se cebara en tu persona, permitiéndote ir como viviste, tranquilo, en paz. La lógica me dice que no nos podemos quejar y no lo hago, tú no me dejarías, tú nunca te quejarías.
Tenemos toda tu esencia pero todavía necesitamos tu realidad. El tiempo moverá la balanza e irá curando esa necesidad, porque es así, y ese día, desde tu fantástica nube nos mirarás plenamente feliz, contento de que no quede un resquicio de tristeza que nuble tu recuerdo.
Ese día te volveré a hacer un arroz con leche.
Te quiero

miércoles, 6 de abril de 2011

TU SONRISA....


Hace unos meses le comentaba a nuestro amigo la forma en la que nos había emocionado escuchar en el metro de Boston  a un magnífico cantante  la canción del Hombre del Piano. No pudimos evitar el recuerdo de aquella noche en Navidad, de aquel momento dulce y mágico en la que ella nos cantó mientras los demás escuchábamos sobrecogidos, sabedores de que probablemente sería la última vez….
También le comenté la forma en la que nos dimos cuenta que, dentro del sinsentido que supone una pérdida, se había creado un vínculo mental, un resorte que haría que su recuerdo no desapareciera al haberse ligado inseparablemente a esa canción. Me pareció bello pensar que eso es lo que da valor a la vida, eso es lo que hace que todo tenga algún sentido: el recuerdo. Que alguien pueda ligar un momento, un olor o una canción a una persona hace real esa existencia, hace que se pierda la diferencia entre los tipos de vida en las que discurre porque, aunque suene obvio, lo peor de una pérdida es la ausencia, esa ausencia física, esa necesidad imposible de piel.
Y hemos vuelto a tener la misma sensación llenándosenos los ojos de lágrimas cada vez que tu recuerdo nos estruja el corazón. Y es que hay recuerdos, más de los que nos parecían. Hay momentos, proyectos de viajes, dietas a medio terminar, tardes de sidra…. Pero sobre todo, hay una sonrisa, una sonrisa que fue el tema central de tu despedida. Una sonrisa franca, amplia, llena de alegría. Una sonrisa que a veces era el preludio de una risa más franca aún, sonora, entera… Una sonrisa que no era sino otra nota de color, de ese color que siempre te acompañaba….
De alguna manera vuelve a reconfortarme esa sensación. Estás en el pensamiento de mucha gente que, tal y como pensé hace algunos meses, no nos habíamos parado a pensar lo que te queríamos. Y reconforta porque, aunque los ojos se nublen con tu recuerdo, tu imagen sonriente me contagia y me doy cuenta de que yo también estoy sonriendo mientras se me escapa una lágrima chivata. Reconforta que tu recuerdo provoque sonrisas, las mismas que repartías sin medida. Reconforta la sensación de haber conocido a una buena persona, de haber formado parte de su círculo, de sentir que, ineludiblemente, forma parte de tu vida y tú de la suya.
Me faltó, nos faltó, darte un beso, un abrazo, decir algo…. No sé, pero te lo decimos ahora, te lo decimos desde aquí: gracias. Gracias por haberte conocido

No dejes de sonreírnos, por favor.