miércoles, 25 de diciembre de 2013

Feliz navidad

Tengo mis entradas paradas, esperando correcciones que no corrijo, esperando imagenes que no localizo, esperando el momento conmigo que no encuentro.... Pero queria aprovechar la epoca y felicitar a mi gente de buen corazon. La distancia fue el descubrimiento de un canal de comunicacion que se habia perdido en la rutina (como ha vuelto a ocurrir), pero que me dio momentos fantasticos y consiguio redescubrirme a personas que con su atencion me hicieron la vida mas bonita.
Como esa fue la leccion, felicito desde aqui a todos los que me cuidaron y os deseo una Feliz Navidad, en el mas amplio sentido de la palabra. Navidad es nacimiento, comienzo, esperanza... Os deseo que vuestra vida renazca a la felicidad y al amor, que estan los tiempos para quererse y protegerse.
Un abrazo, volvere

domingo, 24 de marzo de 2013

Las tapias de la almudena

Tengo esto muy abandonado. Realmente, va a resultar más sencillo organizarse por el mundo que mantener la puñetera rutina. 
En medio de todo el lio diario, se me ocurrió presentar un pequeño relato a un concurso. Evidentemente no conseguí ninguna mención, así que, ahora lo quiero compartir con mi pequeño mundo, mi ciberespacio. Ahí os va....







LAS TAPIAS DE LA ALMUDENA




Iba sentada en el asiento posterior del coche, concentrada en la nuca de mi padre al que el espejo me devolvía mientras me ojeaba queriendo infundirme los ánimos que ya me estaban flaqueando. La tía, con gesto serio, convencida de que era mi obligación: “ya era lo suficientemente mayor”. Mamá, evitando mi mirada, rendida ante la autoridad de la tía, “en realidad, tampoco era para tanto, sólo es un cementerio”.
No tenía ningún interés en pisar un cementerio. La evidencia de los espíritus errantes no me sugería la más mínima curiosidad. La inmensa tristeza inherente a esos caminos de tierra perfectamente trazados entre miles de sepulturas me producía una inquietud espantosa.
Me había hecho a la idea. Era el día de los difuntos y tenía que acompañarlos a la tumba del abuelo, al que acompañaba recientemente su eterna viuda, mi abuela. Papá, seguramente, habría cedido a mis súplicas, pero su hermana consideraba una total falta de madurez mi negativa a pisar el lugar y, en clara minoría, me dejaron sin argumentos para esperarlos en el coche.
Nunca había estado en La Almudena, nunca había pisado ningún cementerio, pero cuando nos íbamos acercando, pasando junto a su muro, una inmensa tristeza se apoderó de mi; una angustia espantosa me ahogaba y comencé a llorar en silencio, incapaz de frenar el llanto. En silencio. Sin poder articular una palabra notaba brotar las lágrimas con una potencia casi grotesca. No sabía qué me pasaba, aquel muro me parecía el lugar más triste del mundo. El ambiente, el aire, el entorno parecían estar llenos de dolor. Y sólo lloraba. Papá me miró desde el espejo y con voz firme dijo: “No entras. Espera en el coche”.
Nadie se atrevió a contradecirle. Su tono no dejaba lugar a dudas. Era su decisión.
La angustia no desapareció hasta que el muro no estuvo a una distancia considerable. No me importaban las miradas de reprobación. Papa me miraba con dulzura, como si lo hubiera entendido todo. Esperé en el coche y no quise pensar más en ello.
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El abuelo era el personaje más interesante de la familia. Había muerto en la guerra y la negativa de papa a contarnos nada sobre su padre no hacía más que aumentar el misterio que envolvía su figura. Cuando éramos niños, en la visita semanal a casa de la abuela, imaginábamos que estaba escondido en la habitación-trastero. Jugábamos a retarnos para ver quien se atrevía a quedarse dentro, a oscuras (creo que nos engañaban con eso de que no funcionaba la luz), y siempre perdíamos los pequeños, que aguantábamos entre risas y pánico, no fuera a aparecer el abuelo en cualquier momento. De esta forma,  se convirtió en una figura paralela, entre lo real y lo irreal; lo existente y lo inexistente; entre el respeto al único difunto cercano y la juerga infantil con la foto de la boda de época, donde todos parecían abuelos antes de ser padres.
La información se nos iba dando a retazos, que si era de izquierdas, que si era el niño bonito de la familia, que había sido un trasto pero que todo el mundo le quería; que si no te había dicho que había sido alcalde del pueblo…ah! que era cantero. No nos aclarábamos con ese abuelo que no tenía pinta de abuelo, porque ya habíamos crecido para darnos cuenta de que murió siendo padre joven, y que además había sido un niño bonito, trabajador, político….Murio en la guerra. ¿cuándo? En la guerra.
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Era un domingo cualquiera de principios de invierno. Papá y mamá habían venido a comer a casa, como otras veces, pero algo iba a ser diferente. Los niños ya se habían levantado de la mesa y empezábamos la sesión de whiskys preceptiva. Al fin y al cabo, un domingo pocas cosas más se podían hacer. Papá no solía repetir, pero debió tomar dos o le falló alguna defensa y empezó a hablar. No recuerdo como empezó todo, pero de pronto, todas las fuerzas del universo se aliaron y, con la naturalidad con que cualquier hijo habla de su padre, mi padre empezó a hablar. Nos contaba sus recuerdos de infancia, sus pocos recuerdos de infancia, junto a su padre. Contaba cuando le llevaba al campo, con los pastores, y comían todos de aquella gran olla. Cada uno por su lado, por supuesto, con la elegancia que da la rutina, el dominio de una situación.
Nos contaba, con orgullo, el gran cantero que era y la huella que había dejado en su pueblo, en Colmenar. Recordaba su carácter cercano y afable, lo que le había convertido en un hombre popular y querido. Mezclaba sus recuerdos con los que le habían transmitido su madre, la esposa, y su abuela, la madre. Mamá, Juanjo y yo estábamos clavados en las sillas. No sé el tiempo que pudimos estar ahí, sentados, sin articular palabra, solo escuchando. Es mas, creo que ni escuchábamos. Estábamos todos en un estado de hipnosis, paralizados, cruzando furtivas miradas entre nosotros para volver a centrar nuestra atención en él.
Y es que, mientras papá nos iba narrando sus recuerdos, no paraba de llorar. Sin aspavientos, sin amargura, sin reproches, sin rabia, sólo lloraba. Y hablaba, no paraba de hablar. Se había abierto la puerta de los recuerdos y quería compartirlos todos con nosotros…No recuerdo como acabó el relato, pero aquello abrió el camino a las preguntas.
Poco a poco fuimos hilando los retazos que nos habían entregado durante años y comprendimos que el abuelo había muerto fusilado en la guerra. En su corta vida, había sido un hombre jovial, alegre y campechano. Hijo mimado al que gustaba escapar durante horas por el monte, con los pastores. Responsable, se hizo con el oficio de cantero, dejando su huella en las calles que le vieron crecer. Hombre comprometido con sus ideas, siempre estuvo abiertamente ligado a Izquierda Republicana, consiguiendo representación en las sucesivas listas municipales por su carácter cercano. La guerra le hizo alcalde del pueblo, cargo que dejó para continuar su deber. El final de la guerra se cobró su precio y tras casi un año de cárcel, fue ejecutado.
Tantas cosas fueron cobrando sentido…. De pronto, entendíamos a aquella abuela de permanente luto, intentando esconder la rabia bajo una apariencia dura y lejana. Entendí el carácter de mi padre y mi tío. Su gran sentido de la responsabilidad para su madre viuda y su pequeña hermana. Entendí que el silencio de tantos años no era más que miedo. Miedo a las palabras. Miedo a las personas capaces de apuntar con un dedo acusador. Miedo a perder un padre. Miedo a que te pierdan tus hijos. Miedo a no poder cuidar de una viuda señalada. Miedo a que las cosas no hubieran cambiado tanto como creíamos aquellos jóvenes tan modernos y que habíamos salido tan rojetes, sin haber hecho él nada para ello.
Entendí también el carácter serio, distante, de mi tía. Entendí a esa niña que se vio sin padre y sin la posibilidad de llorarlo abiertamente. Entendí a esa mujer que vivió orgullosamente pero con la necesidad, con la obligación, de guardarse ese orgullo en silencio, mientras bordaba las sábanas de aquellos que se lo habían arrebatado todo.
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Indagando, fui recopilando datos, como la noticia de la Vanguardia “de la ejecución del último alcalde rojo de Colmenar” noticia que, por supuesto oculté a mi padre. Encontré un libro local en el que le nombraban de refilón, pero bueno, le nombraban. Siempre había creído que la ejecución había sido en Colmenar. No sabíamos que había estado preso en Madrid. Por alguna razón, se me ocurrió buscar su nombre entre las listas de caídos y descubrí el nombre de mi abuelo entre los fusilados en las tapias del cementerio del Este.
Las tapias del Cementerio de La Almudena.
De pronto me vino a la cabeza la expresión de mi padre aquel día de los difuntos. Creo que él se dio cuenta de lo que yo no era consciente. Esa angustia que me invadió de una forma totalmente irracional era el reflejo de la angustia que ninguno había sido capaz de expulsar. Me embistió la pena que todos habían arrastrado durante años y que había quedado para siempre ligada a aquellos muros testigos de tanta muerte. El sí entendía lo que para mí era totalmente incomprensible. De pronto, todo cobraba sentido, y entendí la profundidad de aquellos ojos, capaces de hablar y escuchar de una forma casi, sobrenatural.

domingo, 4 de marzo de 2012

RESPUESTA AL ARTÍCULO DEL DÍA DE PUNSET

101, 102, 103…..lo intento. Llevo toda la mañana intentando ordenar mis pensamientos tras leer su artículo. Llego a la conclusión de que lo mejor del mismo es el título de la sección “excusas para no pensar”. Bajo una aparente intelectualidad plantea un tema tan primario que podría ser el próximo debate de cualquier bachiller deseoso de pasar la hora de filosofía evitando el temario del día. ¿A quién quieres más? ¿A papa o a mamá? ¿Cuál de estos trabajadores se merece pasarlo peor? ¿Cualquiera o esa vil funcionaria que se atreve a quejarse de los recortes portando semejante pancarta?
Se le olvida al autor que todos y cada uno de los que nombra somos trabajadores. No parece saber, sin embargo, que tanto el nuevo  profesor como el joven médico, si se han visto en la calle es porque estarían en una situación de interinidad (los primeros sacrificados de la función pública), por lo que todavía no eran funcionarios, que es el estatus que alcanzan cuando obtienen su plaza  (vaya ¿ahora le parecerán menos dignos?, ¿los quitará de su artículo?).
¿Se le ha ocurrido pararse a pensar que la funcionaria no se ha comparado con ningún otro profesional? ¿Se ha dado usted cuenta de que las otras comparaciones tendenciosas sólo pretenden establecer el poso del gran egoísmo del funcionariado? ¿Sabe usted qué es un funcionario?
Verá, un funcionario es una persona que decide, tras haber concluido sus estudios, iniciar un nuevo periodo de estudio para enfrentarse en un examen a un número indeterminado de personas, igual de bien preparadas que él, de forma que, el que obtenga el puesto de trabajo será el que haya demostrado el mérito y la capacidad de una forma totalmente democrática y justa. No, no, no, no. No me venga con excepciones y el “pues si yo te contara”, porque si alguien sabe de alguna irregularidad, que seguro que las hay, que vaya al lugar donde se juzgan estas cosas.  Continúo. Esta persona que obtiene esa plaza que le garantiza un trabajo para toda la vida es consciente también de que ese trabajo va a estar siempre limitado económicamente y que el desarrollo profesional va a ser mucho menos brillante, dado que no dejas de ser una pieza fundamental en un engranaje, pero eres eso, una de las muchas piezas. Esta posición, mal dirigida por la clase política puede llevar a la desilusión del funcionariado, otro tópico. Verá me imagino que el ser rubia, tener ascendentes andaluces y catalanes y, para colmo, haber cometido la tropelía de aprobar una oposición, hace que los tópicos me pongan calentita. Que el que esgrima los tópicos sea un caballero con un supuesto bagaje intelectual, ya no le cuento.
Funcionarios somos mucha gente que formamos parte de su vida cotidiana. Somos personal de la administración local, autonómica, general, que le tramitamos sus licencias, ayudas, quejas y servicios. Somos los policías que le multan, pero también los que perseguimos a los malos, llegando a poner en riesgo nuestra  vida. Somos bomberos, los que estamos en los peores momentos de su vida (incendios, inundaciones, grandes desastres). ¿Sabía usted que la mayor parte del trabajo de un bombero lo desarrolla en accidentes de tráfico? ¿Sabía usted que cuando hablan de excarcelar un cuerpo, quieren decir muchas veces, desmembrar? ¿Sabe usted lo que les cuesta dormir a estos funcionarios? Los equipos de salvamento, protección civil,  también somos funcionarios, somos esos que a veces no vuelven todos por ir a salvarnos al resto; de esos que se apuntan a rescates en sus jornadas de descanso (lea usted las últimas noticias de rescates marítimos, ha sido toda una lección de profesionalidad, no, perdón, de HUMANIDAD). Funcionarios somos médicos que, después de años dedicados al estudio trabajan jornadas brutales para cuidarle a usted y a mí; médicos que cuando llegan a casa todavía llaman por la tarde a sus compañeros para ver como sigue aquel chaval o si por fin podrán hacer tal técnica al día siguiente. Todos funcionando como un gran engranaje, como si el hospital fuera suyo…. Funcionario es ese maestro en el que confiamos nuestros hijos, que aguanta a otros 29 como el nuestro, que soporta a otros tantos padres, no todos con la mínima educación y al que no se dota de los medios debiendo tirar de imaginación cuando faltan recursos.
¿Sabe usted lo que ganan estos funcionarios? ¿Sabe el sueldo base de un administrativo, de un policía, de un bombero? Infórmese por favor.
La función pública está sufriendo recortes desde la época Aznar. Hemos tenido subidas que apenas llegaban al IPC, de forma que desde el año 2003 hemos ido perdiendo poco a poco poder adquisitivo. Hemos ido aguantando, cualquiera se quejaba. Mientras tanto, los demás disfrutando del dulce momento económico. Consiguiendo unas hipotecas imposibles, obteniendo unos beneficios impresionantes, disfrutando de buenos sueldos y buena disposición laboral….  Y nosotros, sin quejarnos. Empieza a verse clara la crisis y, la primera en la frente, vas a ganar un 5% menos. ¿Alguien me pagó un 5% más cuando todo era maravilloso? ¿Alguien me va a devolver lo perdido cuando esto se acabe y se vuelvan a ganar indecencias? No. Esa es la respuesta. No. Ahora nos afecta la subida de impuestos, como a todos y estamos seguros de que nos vuelven a dar otro golpe tras las elecciones, pero, siendo el dinero importante, que lo es (ya le he dicho, mire los sueldos y aplique bajadas), lo peor es ese ambiente hostil, ese chiste fácil, esa falta de empatía, que usted dice, porque, por lo menos, tenemos trabajo.
Me viene a la cabeza un poema que cada vez parece describir mejor a nuestra sociedad:
"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".
Buscando el enfrentamiento entre unos y otros trabajadores, pensando quien tiene más razón o quien tuvo más culpa conseguimos que, mientras tanto, se vayan perdiendo derechos que han costado muchos esfuerzos. No juegue usted con las cosas de comer. Si no se le ocurría otro tema porque, casi como un funcionario, tenía que llenar su sección, haber declinado el momento y haber pasado el relevo a alguno de los que empiezan, que seguro están deseosos de iniciar su camino… Se me olvidaba que a usted no le afectan las jubilaciones obligatorias, ni los contratos relevos….
Espero haber conseguido que piense un poco en lo frívolo de su análisis, lo fácil que es hacer chistes de funcionarios. Si quiere le mando unos cuantos, me sé muchos, pero no es el momento. No tiene ninguna gracia. Permítame, para acabar, un momento perverso e intente, la próxima vez que
…vaya a una ventanilla y esté ese administrativo que lleva atendiendo a 70 ciudadanos antes que a usted, le acaban de insultar (por supuesto, no puede contestar), y no puede ir ni al servicio, porque no hay personal suficiente.
….solicite la presencia de un policía, bombero o cualquier servicio especial, que lleva sin dormir ni se sabe y ha vivido de todo lo que se pueda imaginar y no pueda, en ese tiempo.
….vaya a un servicio de urgencias a las 6,00 de la mañana y le atienda un médico que comenzó su jornada a las 8,00 del día anterior y continuó desde las 15,00 de guardia
…..acuda a una reunión con el profesor de su hijo para preguntarle porqué suspende, el muy cafre.
…. Y más….
….Intente acordarse de sus sueldos, de su situación y de cómo ha frivolizado con la defensa de sus derechos. Y en ese momento, cuando estos funcionarios le reconozcan (que es lo que consigue un anuncio, más que el montón de trabajos que haya realizado), le mirarán fijamente, verán como asoma en su cara una mezcla de vergüenza y arrepentimiento y, disfrutando de esa pequeña venganza, sonreirán y le dirán con voz firme:
DIGAME CABALLERO, ¿EN QUÉ PUEDO AYUDARLE?





lunes, 25 de abril de 2011

A mi padre


Ya hace dos años que te fuiste. El tiempo ha conseguido calmar el dolor, pero no lo ha hecho desaparecer. Se ha limitado a domesticarlo. El llanto se fue secando y ahora sólo aparece en momentos concretos, cuando los recuerdos o un comentario hacen aflorar la realidad, la certeza de que no estás. No estás en presencia. La ingenuidad de la peque ha hecho que sí estés con nosotros. Sigue convencida de que estás sentado en una nube y en los momentos más inesperados nos asalta con preguntas sobre la ubicación exacta de tu nube, sobre la fecha de tu cumpleaños y el modo en que lo celebras, sobre la forma en la que llegaste a ese lugar (“mami, allí no puede aterrizar un avión, no me engañes, ¿cómo llegó entonces?”)….
Sin entender el porqué, siendo capaz de recordar mil y un momentos, siendo capaz de sonreír contándoselos a mis hijos, hay un par de cosas que no tolero aún: la visión de tu sillón y el arroz con leche. No, no he vuelto a hacer arroz con leche. No he podido. Lo evito, digo que en la próxima comida familiar y me engaño. Tardé más de un año en volver a hacer un bizcocho, pero con esto no puedo.
El sillón sigue ahí y cada vez que lo veo me da una punzada el corazón. Lo evito, lo miro de refilón, fijo mis ojos en la tele, me concentro en mamá, que lo ha hecho suyo, sintiendo igualmente, que era lo más tuyo…. Pero no puedo evitar el desasosiego que me produce.
Probablemente ninguno sabíamos que te íbamos a echar tanto de menos. Ninguno nos habíamos dado cuenta de la cantidad de cosas que eras capaz de decir con tan pocas palabras. La cantidad de cariño que había en aquellas sonrisas. La forma de decir que todo estaba bien con un asentimiento de cabeza seguido de un “¿te apetece tomar algo? Tengo patatitas”. La forma de reaccionar ante cualquier problema haciendo que resultara un pequeño tropezón. La forma de ofrecer ayuda aunque fueras tú quien la necesitara….
La lógica me hace aceptar e incluso agradecer que la muerte no te destrozara la vida. Que llegara al final de una vida estupenda, sin más problemas que cualquier persona de tu época y no se cebara en tu persona, permitiéndote ir como viviste, tranquilo, en paz. La lógica me dice que no nos podemos quejar y no lo hago, tú no me dejarías, tú nunca te quejarías.
Tenemos toda tu esencia pero todavía necesitamos tu realidad. El tiempo moverá la balanza e irá curando esa necesidad, porque es así, y ese día, desde tu fantástica nube nos mirarás plenamente feliz, contento de que no quede un resquicio de tristeza que nuble tu recuerdo.
Ese día te volveré a hacer un arroz con leche.
Te quiero

miércoles, 6 de abril de 2011

TU SONRISA....


Hace unos meses le comentaba a nuestro amigo la forma en la que nos había emocionado escuchar en el metro de Boston  a un magnífico cantante  la canción del Hombre del Piano. No pudimos evitar el recuerdo de aquella noche en Navidad, de aquel momento dulce y mágico en la que ella nos cantó mientras los demás escuchábamos sobrecogidos, sabedores de que probablemente sería la última vez….
También le comenté la forma en la que nos dimos cuenta que, dentro del sinsentido que supone una pérdida, se había creado un vínculo mental, un resorte que haría que su recuerdo no desapareciera al haberse ligado inseparablemente a esa canción. Me pareció bello pensar que eso es lo que da valor a la vida, eso es lo que hace que todo tenga algún sentido: el recuerdo. Que alguien pueda ligar un momento, un olor o una canción a una persona hace real esa existencia, hace que se pierda la diferencia entre los tipos de vida en las que discurre porque, aunque suene obvio, lo peor de una pérdida es la ausencia, esa ausencia física, esa necesidad imposible de piel.
Y hemos vuelto a tener la misma sensación llenándosenos los ojos de lágrimas cada vez que tu recuerdo nos estruja el corazón. Y es que hay recuerdos, más de los que nos parecían. Hay momentos, proyectos de viajes, dietas a medio terminar, tardes de sidra…. Pero sobre todo, hay una sonrisa, una sonrisa que fue el tema central de tu despedida. Una sonrisa franca, amplia, llena de alegría. Una sonrisa que a veces era el preludio de una risa más franca aún, sonora, entera… Una sonrisa que no era sino otra nota de color, de ese color que siempre te acompañaba….
De alguna manera vuelve a reconfortarme esa sensación. Estás en el pensamiento de mucha gente que, tal y como pensé hace algunos meses, no nos habíamos parado a pensar lo que te queríamos. Y reconforta porque, aunque los ojos se nublen con tu recuerdo, tu imagen sonriente me contagia y me doy cuenta de que yo también estoy sonriendo mientras se me escapa una lágrima chivata. Reconforta que tu recuerdo provoque sonrisas, las mismas que repartías sin medida. Reconforta la sensación de haber conocido a una buena persona, de haber formado parte de su círculo, de sentir que, ineludiblemente, forma parte de tu vida y tú de la suya.
Me faltó, nos faltó, darte un beso, un abrazo, decir algo…. No sé, pero te lo decimos ahora, te lo decimos desde aquí: gracias. Gracias por haberte conocido

No dejes de sonreírnos, por favor.


sábado, 25 de diciembre de 2010

EL REGRESO


Todavía estamos recuperando las fuerzas y librándonos de la diferencia horaria, que sigue gastando sus bromas y haciendo que, a estas horas, no tengamos ni un poquito de sueño. El último día hice un paréntesis mientras hacía las maletas, labor que me costó, literalmente, sangre, sudor y lágrimas. A pesar de haber conseguido otro par de ellas (de esas que dudas que lleguen a su destino por lo malísimas que eran) en el último viaje a NY, tuve que realizar un esfuerzo sobrehumano y decidir qué pertenencias abandonábamos, regalábamos e incluso olvidábamos, aunque esto fuera de una forma inconsciente.
Habíamos puesto a la venta las cosas que habíamos comprado para las necesidades del día a día y viendo que vendíamos las más importantes ya estábamos tranquilos cuando, para completar nuestra felicidad, nos apareció un comprador para la famosa cama de IKEA. A pesar del lío social de los últimos días, ya que los niños no paraban de despedirse y mi marido quería dejar las cosas acabadas y despedirse, igualmente, de sus compañeros, hicimos un hueco el viernes a las cuatro y media para quedar con nuestro comprador y quedarnos sin cama. Preparamos la cama en el pasillo, enterita, salvo el somier y el colchón que habíamos apartado. Esperamos y pasando unos minutos de la hora llegaba el chico a casa. Se puso manos a la obra con nosotros intentando, entre todos, librar el último obstáculo que era el giro del pasillo a la puerta y que, tras unos cuantos cambios de estrategia, golpes a las paredes, manos pilladas y expresiones más o menos malsonantes, conseguimos superar. Una vez allí el camino hasta la calle era recto y sólo tenían que salvar los cinco escalones para llegar al camión…. ¿dónde está el camión? De pronto nos dimos cuenta de que no se nos había ocurrido mirar qué vehículo había traído el chaval. Ahí estaba la novia, con prisa, como quien va a recoger una pizza, con un coche tipo monovolumen. ¿Cómo vas a meter la cama entera ahí? Y el chico diciendo que sí, que entraba y que sino la ponía arriba (no tenía ningún tipo de artilugio que permitiera colocar nada encima). Desarmarla era imposible, ya que no teníamos herramientas para ello y resultaba imposible aflojar los tornillos con aquellos destornilladores.
Después de unos momentos absurdos decidió que volvería a por ella con un camión de nosequé familiar como muy tarde el domingo. Mi superinstinto me hizo pensar que ni de coña. No sé si fue la extraña actitud de la novia, la empanada del chaval o qué, pero no me gustó. Por lo menos, colaboró en el camino de vuelta hacia el dormitorio y la cama volvió a su sitio, del que ya no se movió, porque a pesar de la llamada el domingo al mediodía confirmando que vendría a las diez, nunca más supimos de él. El sí supo de nosotros porque le pusimos verde, vía correo electrónico, explicándole que no sólo había impedido que la vendiéramos a otra persona sino que, también había impedido que llamásemos a una fundación para que se la llevara, que era la opción preparada si no la vendíamos. Tememos que acabe junto a la gran cama en la habitación de los horrores del sótano.
Decidimos no enfadarnos porque bastante teníamos con el lío de equipaje que habíamos montado. Al final, nuestro amigo asturiano residente en Boston se prestó a llevarnos otra maleta que, a su vez, me había dejado mi profe de inglés. Como se puede ver, si algo podemos decir es que hemos hecho buenos amigos que no han dudado en ayudarnos hasta el último día.
El lunes era el día D. Teníamos un taxi preparado para que viniera a buscarnos a las dos y media cuando se presentó casi una hora antes. A pesar de insistir en que no nos preocupáramos, que nos esperaba, aquello fue la locura final: Recogiendo la comida de cualquier forma, metiendo las últimas tonterías (porque ya eran tonterías) en huecos sueltos, dejando de todo por todos lados, olvidándonos (¡horror!) un disco duro externo en un armario… tremendo. Esto hizo que, para ser honesta, ya que tanto critiqué el estado de la casa cuando llegué, dejara una casa que parecía una venganza. Cierto es que no había suciedad con solera pero quedaron papeles, pinturas, pequeños objetos por todas partes, decidiendo que asumiría las críticas humildemente y pidiendo disculpas al casero por anticipado, para que no pensara que esa es nuestra forma habitual de abandonar viviendas.
Uno de los motivos que nos hacía correr como locos, a pesar de la tranquilidad del taxista, era que poco antes de llegar el buen hombre había empezado a nevar y en poco más de media hora estaba todo totalmente cubierto. Si bien estábamos contentos porque creíamos que ya nos íbamos sin ver Boston nevado, también teníamos miedo que hubiera problemas en las carreteras al ser la primera nevada. Tras dar la última pasada por todas las habitaciones intentando descubrir algún objeto fundamental y hacer unas fotos de cada una de ellas, queriendo retener ese momento final, nos despedimos del lugar, abrazados, sabiendo que, definitivamente, había acabado nuestra estancia en aquello que acabó siendo nuestro hogar. Adiós a nuestras comidas en la cocina, en aquellas sillas altísimas. Adiós al porche que tan buenos momentos nos dio. Adiós al salón y al incómodo sofá con un muelle roto sobre el que vimos tantos partidos de fútbol. Adiós a las pequeñas habitaciones y sobre todo, a mi maravillosa cama de IKEA. Adiós casa.
La salida consiguió rebajar el momento lágrima mientras veíamos pelearse al hombre con nuestro equipaje que parecía el del emir de sabediosdónde, camino de Marbella. Lo consiguió y antes de meternos al coche, medio congelado, nos hizo la última foto en la puerta de casa, con un paisaje que, nuevamente, había cambiado el gris de las ramas por un blanco integral. Llegando a la esquina casi matamos del susto a nuestro taxista al ver al policía que todos los días nos saludaba y nos deseaba un buen día y del que nos queríamos despedir, con lo que empezamos a gritarle por las ventanas mientras le mandábamos parar el taxi. Se acercó con cara de susto, pensando que éramos una panda de chiflados, pero al vernos, nos despidió encantador, como siempre, entre risas y abrazos, sobre todo para mi peque, que era su punto principal de atención. El taxista también tenía cara de susto, pero luego nos dimos cuenta que éste sí que lo debió pasar mal por un momento, pensando en la multa que le podía caer a la vista del equipaje y la cantidad de gente que había metido en su coche.
Llegamos contentos de salir de aquella jaula y los 8 grados bajo cero reactivaron la circulación que se había paralizado totalmente ya que no teníamos sitio para mover un dedo. Recuento de bultos (actividad que se repitió continuamente durante el viaje) y entramos contentos de ir más que sobrados de tiempo. Primera decepción. El vuelo tiene un retraso de cuatro horas y no sale hasta las nueve y media. Haciendo cola en facturación, paseos para cambiar la conexión en París, vuelta a facturación para acabar el papeleo, rezos para que no contara el montón de bolsas que llevábamos aprovechando todos los huecos…. A pesar de que el chico fue encantador comenzamos nuestra espera con el montón de equipaje de mano, dudando si llegaríamos a abandonar Boston aquel día. Una hora después de lo previsto conseguimos embarcar sabiendo que, por lo menos, ya íbamos a estar al otro lado del océano, que no deja de ser un poquito más cerca de casa. La llegada a París, en hora, tuvo un absurdo retraso al no disponer de sitio para aparcar el avión lo que hizo que estuviésemos otra hora en el interior, esperando para desembarcar.
Al volver a pasar el control de pasaportes sí que se dispararon todas las alarmas y un montón de operarios nos insistían en que cómo íbamos a llevar tanto equipaje de mano. Y nosotros insistiendo en que veníamos de Boston y que nadie nos había dicho nada. Y ellos, que no podía ser. Y nosotros que sí, que se dieran cuenta de que éramos un montón y que en las bolsas sobrantes sólo llevábamos cosas de la niña, comida para el viaje y cosas así. Y ellos, que no podía ser…. Finalmente, un hombre sonrió, le debimos dar pena al decir que llevábamos seis meses fuera y que, por Dios, tuviera un poco de compasión, y nos dejó pasar. De todas formas, corrimos como locos, porque los compañeros no dejaban de mirarnos intentando calcular la cantidad de equipaje de cabina, bolsos y accesorios que correspondían por cabeza. Prueba superada. Teníamos tiempo de sobra hasta las cuatro de la tarde, pero la entrada en la terminal, con el montón de gente tirada en el suelo, durmiendo, y los vuelos que se iban cancelando nos hizo temer lo peor. La peque siguió durmiendo en una silla, a pesar de que había venido dormida todo el viaje. Los demás pasamos el tiempo como pudimos dando vueltas, comiendo un bocadillo a cuenta de la compañía por el retraso, comiendo el montón de cookies que había llevado como despedida y sin parar de mirar la pantalla de salidas.
Poco después de las cuatro entrábamos en el pequeño avión que nos traería a Asturias con una sensación de paz que no se puede describir con palabras. Mientras mi peque volvía a los brazos de Morfeo (incontables las horas que durmió en total) no dejamos de mirar la ventanilla como si con eso el viaje fuera a durar menos. Nunca nos pareció tan bonita la visión de la ciudad, el Molinón, el Grupo, la autopista… hemos llegado!!!!
Milagrosamente llegaron todas las maletas con nosotros y a pesar de que una venía metida en una bolsa porque, lógicamente, había estallado por el camino y otras dos venían abiertas para esas revisiones rutinarias que hacen, no nos faltó nada. Bueno, eso creemos, porque es imposible hacer recuento de tanta maleta.
El reencuentro fue fantástico y después de mil besos y abrazos volvimos a nuestra casa que ha ganado muchos puntos después de estos meses fuera de ella. No pudimos dormir sin dar una vuelta por la playa pero, viendo que no había un alma, decidimos ir a tomar una copa al bar de Julio, no fuera a ser que inauguráramos nuestra estancia con algún percance.
Llevamos cuatro días de locura intentando poner orden, guardar las cosas, esconder maletas (¿qué vamos a hacer con tanta maleta?), hacer las cartas de los Reyes, cenas con la familia, comidas con la familia, encuentros con los amigos…. Estamos molidos, sin acabar de acoplar el reloj biológico al analógico pero somos inmensamente felices y sólo tenemos ganas de seguir recuperando a todos y cada uno de los que tanto nos hemos acordado en estos meses.
Esto se acaba y sólo queda hacer recuento, hacer balance, analizar un poco lo que ha sido y lo que va a suponer, pero, lo dejamos para otro día…. Vamos a reposar las sensaciones y los recuerdos para que cada palabra diga exactamente lo que quiero decir y eso, no es fácil.