El calor seguía dejándonos hechos una piltrafa, dado que el grado de humedad es elevadísimo en esta ciudad. Entre ríos y los famosos lagos, aquí hay agua para abastecer a toda Africa. No localizábamos piscinas públicas descubiertas, porque de las otras tenemos una a dos pasos, pero lo que en España llamamos "la piscina" , pues como que no. El día que nos había acompañado la suegra-casera a trasladarnos a la casa habíamos visto una, pero no la localizábamos, y en cualquier caso, no era muy apetecible porque se veía junto a la carretera y consistía en un rectángulo cerrado por una malla metálica, donde se ubicaba la pisci dejando un pasillo perimetral de aproximadamente 3 metros, con lo que te bañabas sí o sí; no se podía hacer otra cosa.
Mirando en mi amigo google, las playas chachis se situaban a una distancia considerable y no tenemos coche, porque para el día a día no tiene sentido (juanjo y los niños tienen sus trabajo-colegios a dos pasos y para mis compras, como que era excesivo) y para los viajecitos, pues lo alquilamos y listo. Nos informaron de una playa "urbana" a la que podíamos ir en el metro y decidimos explorar. El recorrido tenía un transbordo, que según te fuera el día se convertía en un punto de reflexión, pero bueno, al fin y al cabo, no teníamos prisa. Preparamos los bocadillos, patatitas, agua y venga, a nuestra línea verde. Parece que tarda, normal, a media mañana la frecuencia mengua, al igual que la longitud de los trenes, con lo que acabas, igualmente, hacinado entre un montón de gente. Transbordo en Goverment Center, música del clon de Frank Sinatra, que es un hombre negro, ya mayor, que se pone un karaoke con la música y canta que te mueres, y a coger la línea azul, que es la del aeropuerto. De hecho, la playa está tres paradas más lejos que la del aeropuerto, osea, en "casaeldemonio". No había dicho el nombre, la playa es Revere Beach, por si os pasais por aquí. Al llegar a la estación sólo tienes dos opciones: la avenida del oceano y la de la playa. Dios, será una trampa. Efectivamente, nos equivocamos en la elección, pero no ha sido tan grave. Cruzamos y ya estamos en la playa. Bueno, no tiene mala pinta. Es grandísima, la arena es blanca y luce un precioso día. La gente se sitúa a una distancia prudencial de la orilla y sospechosamente, en toda su longitud se podría contar a los pocos que están dentro del agua. Nos paramos a ver las figuras de arena ganadoras de un concurso reciente que nos hicieron pensar que igual habíamos viajado en el tiempo-espacio y volvíamos a estar en cualquier playa del Sur de España. De pronto sentimos como si nos pincharan mil agujas. Caray con el viento, esto no podía ser Marbellita, la leche cómo azotaba el aire en la playa. De hecho, la colocación de las toallas consistió en un arduo trabajo de organización de pies, coloca la bolsa, pies, coloca la otra, pies, caro, quita, que lo has llenado todo de arena..... Enseguida nos dimos cuenta que no valía la pena y que mejor nos untábamos corriendo para ya sentarnos y rebozarnos tranquilamente. La peque se partía porque no había forma ni de hablar sin tragar kilos de arena. Decidimos ir al agua. Ja, me río del agua gallega. Aquí no es que te duela el agua (expresión que cualquier gallego entenderá), es que parece que te amputan instantáneamente la parte sumergida. Yo fui incapaz de darme lo que se llama baño hasta el tercer día. Los niños, como tales, pudieron desde el primero. Bueno, ya incluso íbamos a la playa, esto iba rodando.
Una de las cosas que nos ha llamado la atención de esta ciudad, y luego hemos ido viendo en otras que hemos visitado, es la sensación de soledad o individualidad, o como quieras llamarlo. Es normal ver a una chica joven, un sábado, de compras sola en un centro comercial (¿dónde están tus amigas, guapa?), a un chico tirando canastas como en las pelis, pero absolutamente solo (¿y el resto del equipo?), y por supuesto, a hombres/chicos/mujeres/chicas comiendo y cenando solos como la una. Todos ellos, eso sí, con su pinganillo al oido, pero absolutamente solos. Las relaciones deben ser más complicadas. Esto viene al caso porque uno de los días que estábamos en la playa, a la que nos íbamos, ví como un chico miraba a Paula y antes de que me diera tiempo a reacionar le estaba diciendo que le gustaba y que si le daba el teléfono para verse algún día. Antes de que mi criatura pudiera responder le dije que como se atrevía a hablar con mi hija(realmente, yo no había entendido todavía lo que le había dicho, pero, vaya, que no me había gustado la miradita) y que qué se había creído, que eramos ESPAÑOLAS (chúpate esa, como si con esa afirmación le estuviera dando una superclase de estilo) y que ya se podía ir largando. Todo ello con un tono (que yo creo que fue lo único que me entendió) que era suficiente para asustar al más pintado. De echo, el chaval marchó sin decir palabra. A todo esto me había dado cuenta de que un chico que estaba sentado en el muro de piedra, con una pinta de las de salir corriendo si le ves por la noche en una calle oscura (rastas, ropa cinco veces más grande, gafas extrañas...) ya se había levantado para increpar al chaval y al ver que se iba me sonrió asintiendo a lo que yo, que ya me consideraba casi americana, le contesté con un ok de esos de mano, subiendo el pulgar. Alucinante. Pues al rato, vimos a ese chico acercarse a otra niña-chica (no más de 17 años) y, si bien no oímos la conversación (para lo que me vale a mi) observamos cono la niña sacaba el móvil y se lo mostraba mientras él marcaba en su teclado, vamos que le estaba dando el número. ¿Son o no son raros relacionandose?
Bueno, en cualquier caso, seguimos visitando la playa más días, comiendo más arena que bocata y quedándonos al borde de la amputación total de extremidades, pero al menos era una playa. Lo peor era la vuelta, que con el frío del metro el agua del pelo húmedo parecía que se congelaba y hasta que no llegabas a casa y te azotaba el golpe de calor no volvías a la vida.
Las visitas a la playa hicieron que esos días los paseos de tarde empezaran más ídem, dado que las duchas al llegar retardaban la salida. El pobre Juanjo que ya comía con horario americano se nos moría de hambre, pero aguantó el tirón del verano como un jabato. Seguíamos con nuestra exploración del entorno y las visitas a centros comerciales para comprar ropa que entre las ofertas, rebajas, outlets y cambio de moneda te quedaba a un precio que querías llevartelo todo, de forma que, sobre tódo las chicas de la casa, recuperábamos el poco glamour que nos quedaba. También seguíamos pillando mojaduras por las tormentas a última hora, volviendo a casa como auténticos guiñapos. Tardamos tiempo en acostumbrarnos a meter los paraguas enanos, adquiridos en la primera mojadura, en los bolsos...
Ya llevábamos casi un mes y el próximo fin de semana íbamos a empezar con las excursiones de exploración mas allá de la ciudad, que a veces se han prolongado un poco más del propio fin de semana y que ya serían un clásico hasta el día de hoy. Pero esta era especial... volvíamos a Nueva York. Dios, como me gusta esa ciudad!!!!.
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