Ya hace dos años que te fuiste. El tiempo ha conseguido calmar el dolor, pero no lo ha hecho desaparecer. Se ha limitado a domesticarlo. El llanto se fue secando y ahora sólo aparece en momentos concretos, cuando los recuerdos o un comentario hacen aflorar la realidad, la certeza de que no estás. No estás en presencia. La ingenuidad de la peque ha hecho que sí estés con nosotros. Sigue convencida de que estás sentado en una nube y en los momentos más inesperados nos asalta con preguntas sobre la ubicación exacta de tu nube, sobre la fecha de tu cumpleaños y el modo en que lo celebras, sobre la forma en la que llegaste a ese lugar (“mami, allí no puede aterrizar un avión, no me engañes, ¿cómo llegó entonces?”)….
Sin entender el porqué, siendo capaz de recordar mil y un momentos, siendo capaz de sonreír contándoselos a mis hijos, hay un par de cosas que no tolero aún: la visión de tu sillón y el arroz con leche. No, no he vuelto a hacer arroz con leche. No he podido. Lo evito, digo que en la próxima comida familiar y me engaño. Tardé más de un año en volver a hacer un bizcocho, pero con esto no puedo.
El sillón sigue ahí y cada vez que lo veo me da una punzada el corazón. Lo evito, lo miro de refilón, fijo mis ojos en la tele, me concentro en mamá, que lo ha hecho suyo, sintiendo igualmente, que era lo más tuyo…. Pero no puedo evitar el desasosiego que me produce.
Probablemente ninguno sabíamos que te íbamos a echar tanto de menos. Ninguno nos habíamos dado cuenta de la cantidad de cosas que eras capaz de decir con tan pocas palabras. La cantidad de cariño que había en aquellas sonrisas. La forma de decir que todo estaba bien con un asentimiento de cabeza seguido de un “¿te apetece tomar algo? Tengo patatitas”. La forma de reaccionar ante cualquier problema haciendo que resultara un pequeño tropezón. La forma de ofrecer ayuda aunque fueras tú quien la necesitara….
La lógica me hace aceptar e incluso agradecer que la muerte no te destrozara la vida. Que llegara al final de una vida estupenda, sin más problemas que cualquier persona de tu época y no se cebara en tu persona, permitiéndote ir como viviste, tranquilo, en paz. La lógica me dice que no nos podemos quejar y no lo hago, tú no me dejarías, tú nunca te quejarías.
Tenemos toda tu esencia pero todavía necesitamos tu realidad. El tiempo moverá la balanza e irá curando esa necesidad, porque es así, y ese día, desde tu fantástica nube nos mirarás plenamente feliz, contento de que no quede un resquicio de tristeza que nuble tu recuerdo.
Ese día te volveré a hacer un arroz con leche.
Te quiero
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