martes, 14 de diciembre de 2010

NAVIDAD EN MANHATTAN




Se me están acumulando los acontecimientos. Estamos a una semana de acabar la aventura y yo con estos pelos, con las excursiones a medio redactar, las fotos sin descargar y para colmo, decido volver a dar un salto en el tiempo porque…… hemos hecho nuestra última escapada que, cómo no, tenía que ser a Nueva York. La justificación en este caso era que si el ambiente navideño, que si el árbol del Rockefeller Center, que imagínate ver Central Park nevado, que si la banda de mi visa aguanta más que la tuya, vaya, que no hubo duda de que éste tenía que ser el cierre
Como ésta no fue una decisión improvisada, los preparativos empezaron hace más de tres semanas. Después de andar mirando si primero reservábamos el hotel o el autobús, acabamos decidiéndonos por éste último y fijamos, definitivamente, la salida para el bus de las diez de la mañana, continuando con la búsqueda de alojamiento. Ibamos de susto en susto, viendo que los precios estaban más que disparados por las fechas hasta que nos decidimos por un apartamento cerca de Times Square. No era el del viaje anterior. 
Nos levantamos tan contentos y seguros de que teníamos tiempo de sobra, pero como suele ser habitual, una cosa llevó a la otra y no salimos de casa hasta las 9 y 20. Esto hizo que no dejáramos de rezar en todo el camino y casi nos diera un colapso cuando en el único transbordo pasaron tres trenes en la otra dirección mientras que el nuestro seguía sin aparecer y se iba acumulando la gente en el andén.
Conseguimos llegar siete minutos antes de la salida del autobús, corriendo por toda la estación con abrigos, maletas, gritándonos unos a otros: ¡corre! ¡no corre tú! ¡la niñaaaaaaaaa! Y la gente muerta de risa.  No me extraña. El conductor nos informó, muy amable, de que había dos noticias, una buena y una mala. La buena era que habíamos llegado a tiempo por los pelos pero la mala era que no tendríamos sitio juntos. Sin perder la fe, nos encaminamos al piso superior, el que nos gusta, pero íbamos viendo que, efectivamente, los huecos eran salteados, pues como es lógico, la gente se va sentando sola hasta que no le queda más remedio que compartir viaje. Yo seguía caminando hacia el final, esperando un milagro y veo que en la penúltima fila hay dos huecos y que la nuestra, la última, solo tiene un pasajero. Eso sí, el pasajero era gigante, pero era uno. Ni corta ni perezosa, sin pensar en mi habilidad lingüística, ni esperar por mi traductor oficial, que suele ser lo que hago, me tienes pidiendo al buen hombre si no le importaba dejarnos los cinco asientos, que nos venían de perlas, y sentarse él en los dos de la penúltima fila (recalcando que eran dos, vaya, perfecto para su tamaño).  Vale, bien, tuve que repetir la petición porque me embarullé un poco, pero ya sea porque me entendió, o porque nos contó y se dio cuenta de que era mejor tenernos juntos detrás que rodeándole y amargándole el viaje, el buen hombre accedió. Bueno,  parece que el viaje se empeñaba en poner trabas, pero íbamos saliendo airosos de las pruebas.
A pesar de las amenazas del conductor cuando nos informó de que no nos hiciéramos ilusiones de llegar a NY antes de las 3 y media (casi una hora y cuarto más de lo habitual), estábamos atravesando el Bronx a la una, justificándolo por los altavoces como un auténtico milagro. Costó una hora llegar junto a Penn Station, pero ya estábamos en la ciudad. Al comenzar a andar entendimos el motivo de la subida de tarifas hoteleras porque no había forma de caminar, nunca habíamos visto tanta gente; bueno, sí,  en los alrededores de la Puerta del Sol un domingo por la mañana. 
Fuimos caminando como pudimos, oyendo españoles por todos lados, hasta llegar al apartamento para dejar las maletas. “Tiene que ser por aquí…. no lo veo… ah, sí esta puerta!” La puerta era de cristal, dando paso a una estrecha entrada y una aún más estrecha escalera, de un solo tramo por planta. De hecho, sólo cabía una persona a la vez y tenía una altura de escalón más que intolerable para cualquier problema de cadera. Para qué hablar de leyes de protección contra incendios, accesibilidad, diseño, etc. Mi santo nos intentaba calmar diciendo que, efectivamente, las opiniones de los clientes era lo que criticaban, pero que el apartamento estaba bien.
Al llegar habíamos llamado para que nos abrieran la puerta y esas cosas (no había recepción) y además de informarnos de que nuestro apartamento era el 4ºF (vaya, la cuarta planta) también nos dijeron que las llaves estaban en la cocina y que podíamos entrar porque la puerta estaba abierta. De nuevo, “calma, esto también es habitual en algunos apartamentos”. Después de varios intentos, girando el picaporte en todos los sentidos, empujando a la vez y sin empujar, decidimos volver a llamar porque no había forma de entrar. El buen hombre, judío para más señas (es que llevaba el gorro judío, el Kipá ) se presentó y nos abrió la puerta no sin pelear también un ratito con ella. Cuando nos dejó solos nos dimos cuenta de que por una vez, los foreros se debían haber fumado algo antes de escribir, o debieron aprovechar alguna oferta o sabe dios, porque para más de trescientos dólares la noche, que costaba aquello,no había por dónde cogerlo. El sitio en sí no era malo, ramplón, pero no malo, pero empezamos la inspección y vimos, al abrir las camas unas sábanas de esas que tienen manchas intratables incluso para el señor del anuncio (no sucias de “me acabo de levantar”, pero vaya, de esas que no pones a nadie que no sea muy íntimo), las toallas todavía húmedas de la lavandería, sin un armario donde colgar nada……. Oh, my god!

Vuelta al teléfono y promesa de que cambiarían sábanas y toallas.  No había remedio. Dejamos  todo en el apartamento y nos fuimos a olvidar penas paseando con el millón de amigos habían decidido acompañarnos por la 5ª avenida. Las calles no tienen adornos, en general, como nosotros los entendemos, pero las tiendas y edificios más importantes están impresionantes, compitiendo entre sí con unas decoraciones  que hacen que nos paremos cada dos por tres, unas veces por gusto y otras, por gusto de los que nos rodean. Seguimos caminando y habíamos pensado patinar en el Rockefeller, pero fue imposible por la cantidad de gente así que estuvimos un rato disfrutando en la distancia de las caídas, de los que no se caían porque no se soltaban de la barandilla, de un señor que debía ser patinador retirado porque daba gusto verlo, de una niña que debía querer ser patinadora en activo porque la daba gusto verse… !Qué envidia!, lo dejaremos para Boston, a ver si lo conseguimos. 

Cenamos a la hora americana, ya que habíamos comido en el autobús y nos dirigimos hacia Times Square porque habíamos reservado una sorpresa a los niños. La expresión de sus caras cuando nos plantamos en la puerta del teatro y vieron que teníamos entradas para ver el Rey León nos hizo olvidar las sábanas, las escaleras y todo lo que recordara aquel hotel por unos momentos. En cuanto al musical, los números, muy buenos y la puesta en escena, espectacular. Esperábamos más, yo creo que por la campaña que tienen montada y por lo jorobado que está conseguir entradas, pero vale la pena verlo. Lo que ya no va a hacer falta es viajar para hacerlo porque lo van a estrenar el próximo año en Madrid, así que habrá que comparar.
Llegó el momento de volver a dormir. Había sido un viaje muy largo, un día muy intenso y después de otro paseo no quedaba más remedio que volver al apartamento.   
Resignados ante la fatalidad subimos las escaleras como quien va al patíbulo y entramos.  Comprobamos que habían cambiado las sábanas de la cama matrimonial y también las toallas. Nos pusimos a hacer las camas del sofá cama y del sillón cama y! horror!. Las sábanas que estaban dobladas no las habían cambiado y tenían el mismo tipo de manchas: de esas que resisten los lavados así que  aunque se veían limpias de lavandería, te apetecía llorar. Se completó el cuadro con un agujero en las sábanas de la cama pequeña y una mancha en el cobertor. Aquello era demasiado. Mi marido llamó de nuevo a los del hotel (sin respuesta), a la página de hoteles (muy amables, pero ellos no podían hacer nada salvo intentar hablar con ellos). Decidimos que aquella noche la pasábamos allí porque no eran horas de andar por las calles pero reservamos un hotel para la noche siguiente junto a la zona cero. 
Después de dormir embutidos en los pijamas y con las camisetas puestas en las almohadas, a modo de funda, salimos rápidamente a las 8 de la mañana deseando no haberlos conocido nunca. Por supuesto, no nos contestaron al teléfono y las noticias de Booking no son alentadoras, ya que nos quieren cobrar la segunda noche a pesar de nuestras quejas. Habrá que seguir peleando. Como anécdota, el segundo hotel, mejor dicho, el hotel, resultó más barato que el apartamento teniendo el desayuno incluido. Probablemente debíamos haber esperado para reservar a que se acercara la fecha y bajaran los precios, como resultó al final, pero el miedo a no tener habitación nos hizo caer en esta trampa.
El saber que no dormiríamos en el apartamento hizo que no nos importara el hecho de tener que volver a mover maletas y dirigirnos hacia la zona baja de la ciudad. Aprovechamos a comprar un par de maletas más, para evitar estrecheces de equipaje en la vuelta, y volvimos a comprobar las obras en la zona cero, las calles que rodean al ayuntamiento, la bolsa…. Dedicamos la tarde a seguir haciendo turismo mezclado con alguna compra, cada vez menos. Creo que de esta aniquilamos cualquier resquicio de espíritu consumista que quedase en nuestro cuerpo serrano.

Hicimos una incursión en Chinatown ya que tenía que cumplir con un encargo de una amiga que me había pedido un bolso concreto. Después de pasar momentos tensos con unos chicos que parecían más traficantes que vendedores y una señora sacada de una peli de la china comunista que nos paseó por el barrio, desistimos del empeño ante la duda de si estábamos siendo objeto de una cámara oculta o éramos el centro de una operación especial.


Después de cenar y visitar la nueva tienda Disney en Times Square (la de la 5ª la habían cerrado sorprendentemente antes de abrir esta) y pedir a los reyes todo lo que se nos ocurrió volvimos machacados para el hotel, esta vez, uno de verdad, donde dormimos como reyes.
El domingo amaneció lloviendo, por lo que decidimos hacer algo que nunca habíamos hecho en la ciudad: Ir a un museo. Nos dirigimos al Museo de Historia Natural. Después de pasar la mañana viendo todo tipo de bichos actuales y pasados y ….. reproducciones de tribus indias y de sus modos de vida (no conseguimos entender esta parte de la exposición) nos dirigimos hacia el centro porque se acercaba la hora de marchar y queríamos darnos la última oportunidad de satisfacer nuestros ansias de compra.
Nos dirigimos a Macy´s, que nos habían dicho que era una visita obligada por aquello de la decoración navideña, dispuestas a fundir la visa mientras los chicos bajaban al downtown a por las maletas. Nada, nos pudo la presión y el agobio de gente y ni las tentadoras rebajas consiguieron que siguiéramos con las compras. Creo que se nos ha fundido alguna conexión en el cerebro. Nos pusimos a la cola para ver Santaland, que era el máximo reclamo en medio de la cantidad de luces, adornos y lazos rojos en el centro comercial. Después de veinte minutos haciendo el recorrido infantil entre duendes, muñecos y decorado polar llegamos al punto en el que una señorita duende nos dirige a una casita en la que te espera Santa (es que aquí tienen más confianza con Papá Noel) para que los niños se sienten y le cuenten sus peticiones. Por supuesto, la peque se negó en redondo a sentarse sobre las piernas de aquel buen hombre, que sin perder la compostura, la consolaba diciendo que no importaba y que todo estaba bien. De regalo, una chapita y venga, a seguir mirando metros y metros de expositores de ropa.
Viendo que no estábamos muy motivadas, fuimos tranquilamente al punto de encuentro para evitar más sustos con las prisas, mientras intentábamos retener las últimas imágenes de esta maravillosa ciudad. Este era el último viaje dentro del gran viaje y mientras el autobús iba dejando atrás las luces no podíamos evitar pensar que, al fin y al cabo, no deja de ser el preludio de lo que ya se acerca: el final de la aventura. 

2 comentarios:

  1. Que envida!!! NYC tiene que ser espectacular en Navidad!

    ResponderEliminar
  2. NY es espectacular siempre, pero tendrás que verlo con tus propios ojos, gana mucho. Ir preparando unas vacaciones diferentes

    ResponderEliminar