Se acerca el final y, realmente, queda mucho por contar pero he decidido hacer un post resumen de todo ello. Ya volveremos con el tiempo a recordar las pequeñas anécdotas, los detalles que han hecho que no nos olvidemos de cada lugar, pero ahora toca ir cerrando el viaje. Entre un montón de maletas, ropa, papeles, juguetes y qué se yo, tendré que intentar abstraerme de todo y volver al verano.
Llegaba septiembre y los niños empezaban los colegios enseguida, con lo que habíamos ido planeando prepararles algo que les quedara en el recuerdo, y ya que estábamos al otro lado del charco, decidimos ir a Orlando.
Pero antes de irnos habíamos pasado medio mes ocupados con el papeleo y el montón de entrevistas, tanto en el colegio de la pequeña como en la High School de los mayores. Ambos colegios tienen una pinta impresionante, pero la High es lo que cualquier persona se imagina que tiene que ser una auténtica escuela americana. Las entrevistas en este caso fueron más formales. Ahí estábamos toda la familia sentada en una sala con la directora de los estudiantes internacionales explicándonos cómo iba a ser la escolarización de los niños. Nos juntaron en la reunión con otra familia italiana, me imagino que por la cercanía geográfica o por el acento latino, o vaya usted a saber. El caso es que resultó una reunión un tanto pintoresca, con los adolescentes cohibidos y superformales en las contestaciones, yo con cara de por dios, que hable más despacio, la peque, sin parar de revolver y la italiana (madre), impresionantemente alta, con su ingles mezclado con el italiano, cual Antonia Dell’Ate. Tuvimos que repetir certificados que ya traíamos, traducir las notas con la intervención de un notario, rehacer nuevos certificados emitidos por médicos americanos…. Todo este papeleo nos recordaba los inicios de esta aventura, pero después de tres semanas (el papeleo duró hasta la primera semana de colegios) conseguimos completar todo y no ha habido ningún problema.
Lo que sí ha sido una experiencia es la forma en la que conciben la comunicación con las familias. Una vez comenzado el curso, se han continuado las reuniones, sobre todo en el cole de la peque, para ir viendo cómo progresaba y que te contasen lo bien que la ven y esas cosas. El tema es que estas reuniones, para evitar problemas de compatibilidad con los trabajos, te las hacen sin ningún problema a las 7 y media de la mañana, por lo que todavía no tenemos muy claro a qué hora entran estos profesores al colegio.
Aparte de los encuentros con los profesores, son muy dados a las reuniones comunes, con otros padres, para favorecer la integración de los nuevos alumnos y de sus familias. Una vez que acaba la introducción por parte de profesores y dirección, te dejan con los cafés, galletas, etc, para que los padres hablemos entre nosotros. Y ahí te ves tu, con la pegatina a la altura del pecho y un señor (por supuesto, también hay señoras, pero en este caso, es menos violento) mirando fijamente a esa zona de tu anatomía, luego a los ojos y te dice: “hello, ana?, how are you? Where are you from? Oh! Your child is lovely” y tú piensas ¿y a tí qué más te da de donde soy, ni como estoy? ¿y cómo sabes lo lovely que es mi hija, si la acabas de conocer y encima te está mirando fatal?. Pero no lo dices en alto. Dices un tímido:”eeee….from Spain, oh, thank you. I´m sorry, my english is horrible! Y miraba a mi santo para que retomara él la conversación, si es que no estaba ya enfrascado con otro interlocutor. Lo malo es que esto se repetía continuamente y así en cada reunión de este tipo. Seguíamos sintiéndonos como en una peli americana o por lo menos, los protas de un “estrenos TV”.
El fin de semana antes de empezar los colegios fue el elegido para el viaje a Orlando, por aquello de quitar nervios y preparar el ánimo para lo que creíamos que iba a ser una dura prueba para ellos y que, al contrario, ha resultado uno de los pilares del éxito de esta aventura. Realmente de este tipo de parques, no hay mucho que contar. A todos nos encanta el ambiente entre festivo y hortera, los muñecos con los que te haces fotos aunque no te acuerdes de qué peli son, la comida espantosa, la música continua, las colas en las atracciones….. No, no tuvimos muchas colas. Preguntábamos a los taxistas cómo había tan poca gente, porque nos había llamado la atención si lo comparas con las esperas en cualquier parque temático de España. Ellos lo achacaban a que era el fin de semana previo al inicio de los colegios, cosa que no entendíamos, ya que debería haber sido al contrario. Llegamos a la conclusión de que, aunque sean más benévolos con su crisis, la tienen tan grande, por lo menos, como la nuestra. Esta misma falta de público en España se habría merecido una portada, pero aquí se suaviza y se achaca a lo que sea.
Después de un largo fin de semana relajándonos por el método extraño de ponerte cardiaco en las atracciones más peligrosas, retomamos nuestra rutina y los niños, para nuestra sorpresa y tranquilidad, no sólo no tuvieron ningún problema de integración, sino que iban encantados a sus colegios. Hicieron amigos rápidamente y ahora, cada vez que les preguntas con quién han quedado, parece el principio de un chiste, porque la respuesta es del tipo: “íbamos yo, la española, una brasileña, un israelí, un italiano y uno de Cabo Verde”...
Para fomentar esta integración, el instituto ha realizado cenas, comidas y excursiones. Una de ellas es lo que se denomina “Apple picking”, o lo que nosotros llamaríamos “ir a por manzanas”. El colegio de la peque también lo hizo y en este caso fui de acompañante, por aquello de ayudar y, sobre todo, porque era el principio y la pobre apenas hablaba nada. No es que yo hablase demasiado, pero bueno, entre mis cuatro palabras y mis mil gestos, me apañaba. El evento consiste en que te llevan a una granja en la que hay unas pomaradas preciosas. Te dan unas bolsitas y las llenas de manzanas, eso sí, siguiendo las instrucciones que te han dado previamente. Te invitan (previo pago) a pastel de manzana, sidra dulce y, en nuestro caso (los mayores debieron ir a otra granja), nos regalaron unas calabazas para ir preparando Halloween y nos enseñaron la zona en la que tenían los animales, por aquello de que los niños de la ciudad sepan cómo es una cabra vista de cerca. Creo que en esto también tendremos que profundizar a la vuelta (no en lo de la cabra, en lo del Apple picking), porque con la de manzanas que tenemos y el aliciente de la sidra de verdad (y no esa sidra dulce que no vale para nada), podríamos mejorar el invento del Apple picking con la gorra.
Había empezado la temporada de fútbol americano pero llegamos a la conclusión de que nos sería dificilísimo asistir a un partido del equipo profesional de Nueva Inglaterra, los “Patriots” (sin hablar de que la entrada no baja de los 100 dólares). El estadio está como a tres cuartos de hora, pero no tiene una buena conexión con el transporte público y acaba muy tarde, con lo que decidimos ir a un partido de la liga universitaria. El Boston College tiene al equipo estrella, los “Eagles” y un campo impresionante, teniendo en cuenta que pertenece a la Universidad. El día elegido, sin darnos cuenta, fue el 11 de Septiembre. Íbamos preparados para una tremenda exaltación de patriotismo y emotividad, pero salvo el recuerdo y el minuto de silencio que se realizó en el inicio del partido, no hubo más menciones sobre el desafortunado día. No voy a repetirme con el himno, pero como en todas las ocasiones, impresionante. Las animadoras, tremendas, trabajan más que los chicos bailando continuamente en los lados del campo. Para colmo, los jugadores son ciento y la madre, que cambian continuamente en función de la estrategia del partido, de si atacan o defienden, de que estén más o menos afortunados… Resulta un deporte muy espectacular y entretenido. Mi costilla se ha aficionado y no nos perdemos los partidos de la liga que emiten en la televisión. Si llegamos a estar un par de meses más, nos hacemos socios del equipo y nos aprendemos el himno, fijo!
Tranquilos por el inicio de los niños y después de un par de semanas, continuamos con nuestras escapadas de fin de semanita y decidimos visitar Philadelphia, que estaba a una distancia tolerable. La ciudad es bonita, tranquila pero además tiene el aliciente patriota de ser la cuna de la nación, con lo que nos empapamos, de nuevo, del espíritu americano. Vimos la campana de la libertad, el salón de la Independencia (el lugar en el que se firmó la declaración de la independencia de las 13 colonias) y recorrimos con un autobús turístico, de esos en los que te puedes subir y bajar durante todo el día, los edificios y lugares históricos más importantes de la ciudad.
Para desprendernos un poco de tanta seriedad decidimos acercarnos hasta el Museo de Arte, y hacernos unas fotos al más puro estilo turista en las escaleras que subía Rocky en sus entrenamientos, abrazados a la estatua de Rocky, pisando las huellas de Rocky, levantando los brazos, como Rocky….. Nada que no hiciera el montón de gente que nos rodeaba, con lo que parecíamos una coreografía torpe preparada para la descalificación en la próxima ronda del jurado. Mi pequeña tuvo la primera visita del ratoncito Perez esa noche, en el hotel, sin explicarnos todavía como pudo enterarse de la pérdida dental tan lejos de España.
Las visitas que siguieron, ya las conocéis, con el lío que he montado en el tiempo. Los espacios entre ellas los llenamos con la rutina de cualquier familia con niños en edad escolar. Mezclamos paseos con visitas a algún museo, cenas americanas, compras más o menos intencionadas, pequeños amagos turísticos urbanos…. Nos visitaron Serafín y Angelines, que hicieron un salto en su viaje para vernos y con los que pasamos dos días estupendos, sin callar un segundo, de tanto que queríamos contarnos. Ellos también estuvieron un tiempo fuera y saben lo que se agradecen estas visitas, la sensación que te aportan de que lo que recuerdas sigue ahí, que es real y que te está esperando. El cariño era ya conocido, pero esta visita confirmó totalmente el motivo del mismo.
Nos visitó también la familia, compartiendo unos días estupendos con escapada a NY incluida, como conté tiempo atrás. Esa visita fue fabulosa para todos, pero para la peque fue esencial la recarga de mimos de abuela que todo niño necesita, a pesar de que gracias al invento del Skipe, tiene mimos de toda la familia en directo y a diario.
Cuando ya creíamos que se acababan las visitas, Gonzalo y Marta, su mujer, aprovechando que iban a estar un día por estas tierras compartieron su tiempo con nosotros, volviendo a pasar unas horas estupendas, en las que por un momento se te olvida que, realmente, estás a miles de kilómetros de casa…
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