Me encanta viajar. Me encanta la sensación de subir al coche llenos de bolsas y maletas sabiendo que vamos a conocer algo nuevo. Me encanta mirar al asiento de atrás y ver a los críos entretenidos, peleando, dormidos, jugando o quejándose continuamente de lo largo que se les está haciendo. Me encanta ver como Juanjo se vuelve loco cuando le damos las instrucciones veinte metros después de la salida que teníamos que tomar. Me encanta el espíritu hippy que nos ha surgido este verano en cada salida a un destino desconocido, por unas carreteras inacabables y durmiendo en hoteles con nombres que parecían sacados de una película de serie B.
Una de las salidas más bonitas la hicimos a finales de Agosto, coincidiendo con el cumpleaños de mi hija mayor. El destino en esta ocasión era el estado de Rhode Island, al sur de Boston. Decidimos empezar por el punto más lejano, que era el pueblo de Newport para luego retroceder hasta la ciudad de Providence.
Como la distancia era corta, salimos el sábado por la mañana para llegar a Newport antes de comer. Se trata, como no, de otro pueblo junto al mar con un puerto deportivo precioso. Las tiendas y restaurantes se encuentran pegaditos a él, formando calles, como si se tratara de un pequeño poblado. El día invitaba a pasear y después de comer seguimos caminando por la parte interior, hacia lo que actualmente centra el interés del pueblo: las grandes mansiones. Newport fue una importante ciudad desde el punto de vista económico y, parece ser para su vergüenza, que también fue el centro neurálgico de la trata de esclavos pero su época dorada la tuvo a mediados del siglo XIX, cuando las grandes familias lo convirtieron en el lugar elegido para levantar sus residencias de verano. De esta forma, se construyeron una cantidad importante de grandes mansiones, a cual más impresionante. Hoy en día se mantienen gracias a que se encuentran protegidas, aunque algunas siguen siendo la residencia familiar (como Liria, vamos) y existen tours para visitar el entorno, los jardines y el interior de la mayor parte de ellas.
Nosotros decidimos visitar una de las más famosas, The Breakers, la residencia de los Vanderbilt. Tanto la entrada por la zona de los acantilados, como la principal, desde la avenida, son dignas de la mismísima Escarlata O´Hara. Jardín cuidado, césped cortado al milímetro y el mar a sus pies (de hecho, de ahí le viene el nombre). Al entrar en la mansión cogimos unos auriculares de esos que te van contando lo más importante de cada estancia. Memorable la seriedad de la peque siguiendo las instrucciones que daba el padre para ir escuchando todos a un tiempo. ¿Ya papá? ¿oyes lo del baño de la señora? Vale, yo también. Decía muy seria.
Si bien no es lo mismo que ver cualquier palacio europeo, es interesante la comparación. Hay que pensar que para este país, las familias poderosas eran sus aristócratas en la época, con lo cual, el paralelismo está servido. Ibamos descubriendo la distribución, los dormitorios separados del matrimonio, pero contiguos y comunicados. El de la señora, eso sí, con todo lo necesario sobre el escritorio para preparar el libro de carruajes, que debía ser la actividad más estresante de la buena mujer. No bueno, no seamos malos, que parece ser que fue un pilar importante en la defensa de los derechos de la mujer (¿?????) Los baños mostraban las mejores piezas y las primeras instalaciones de la época. Los diferentes salones se destinaban a la música, a sala de fumar (horror), a los bailes de la época…. No podías dejar de imaginarte esa mansión en plena actividad con la impresionante cocina en pleno funcionamiento y las escaleras plagadas de gente mientras la señora Vanderbilt organizaba otra de sus veladas musicales. Mis hijos contribuían a este momento de éxtasis invitándonos a imaginar a la buena señora gritando como una loca mientras llamaba para la merienda a los críos perdidos entre las mil escaleras: John Nicolas Benjamin Terceroooooooooooo, que ya está el bocadillo de nocillaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Volvimos sobre nuestros pasos viendo desde las calles otro puñado de mansiones, en una de las cuales se estaba celebrando una fiesta superelegante y nos entretuvimos comprobando el movimiento de los aparcacoches que salían de la finca con el coche a otra propiedad cercana y volvían corriendo, los pobres, para continuar con el siguiente (¿dónde está el glamour?). La visión acabó con llegada del autobús que nos devolvió al centro del pueblo.
La noche la queríamos pasar en Providence porque se celebraba una fiesta que habíamos visto en las páginas de turismo y nos había llamado la atención: los WaterFire. Se trataba de un espectáculo de fuego en el río, que presentaban como algo espectacular. Pues bien, era fuego y se realizaba sobre el río, incluso se acompañaba de una música preciosa por megafonía, pero ya está. Montones de maderas ardiendo colocadas en unos cubículos flotantes que iban alimentando unos barquitos perfectamente sincronizados. El público se situaba en todo el paseo junto al río y también había una serie de góndolas para el que los quisiera ver desde más cerca. Claro, los primeros cinco minutos resulta bonito el conjunto de las maderitas, los gondoleros y la música pero es que no sabemos lo que puede durar porque nosotros paseamos por el entorno como una hora y ya estaba más que empezado y sin visos de acabar. La verdad, lo que se dice impresionante…..
Aprovechamos a dar una vuelta buscando un lugar para cenar y encontramos una orquesta en plena calle con un montón de gente bailando y bebiendo. Eso sí, los límites de la zona de fiesta se señalaban con carteles recordándote que no podías beber a partir de ese punto. Cansados de tanto fuego, baile, bebida entre límites y comida rápida nos fuimos a dormir al hotel, esta vez un Marriott:” Courtyard by Marriott-Warwic k” a las afueras, que de nuevo resultó un acierto.
El domingo lo pasamos visitando la ciudad, con un calor espantoso que nos hacía parar en busca de aire al final de cada cuesta mientras disfrutamos del centro, el capitolio, los mil memoriales levantados para las víctimas de tantos conflictos y la universidad. En ésta fuimos a dar de casualidad ya que no pensábamos que tuviera un campus tan bonito. Para colmo, dada la fecha, había una actividad febril con montones de chicos y chicas entrando y saliendo, camiones de mudanza, bultos en las puertas de los apartamentos y padres solícitos cargando con ellos. Debía haberse realizado algún acto de presentación y el patio estaba lleno de sillas movidas en su abandono, pese a que mantenían aún una línea casi perfecta. Mientras nos tomábamos un granizado de limón observamos cómo los chicos del banco Santander intentaban captar jóvenes clientes ofreciéndoles regalos en uno de los accesos al campus. Por un momento, creímos estar en casa……
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