Y llegó el día. El 1 de julio salíamos para Boston. El equipaje, imposible. A última hora siempre se te ocurren cien cosas que meter. Que si mi chal preferido, que si esta camiseta por si acaso, anda, si no había metido guantes para el frío.... qué se yo. Una locura. El mismo día por la mañana estábamos comprando más maletas para meter todo lo que teníamos, porque los bolsones habituales no admiten tal volumen de cosas. En fín, con cinco maletas, cinco troleis, dos ordenadores y una guitarra nos plantamos en Ranón, por supuesto, con ayuda familiar, porque sinó, ya me contarás como íbamos todos y el equipaje. Lloros, nervios, últimos cigarros, más lloros y más nervios, pero conseguimos embarcar. Por alguna extraña razón todas las maletas conseguí que pesasen 22 Kg., para cachondeo familiar y de los compañeros de fila, pero lo conseguí, no hubo problemas. El viaje no se hizo muy largo, al ir vía París, y el control de pasaportes no fue exagerado, teniendo en cuenta que hemos llegado a tardar casi dos horas en otras ocasiones.
Y nos plantamos en la puerta del aeropuerto, con un taxista dispuesto a llevarnos mientras mirábamos su ranchera, convendidos de que ahí no entrábamos todo el conjunto. Pero sí, vaya si entramos. Nos llevó hasta el hotel, un Days´in, cadena que luego frecuentaríamos en nuestras escapadas, situado cerca de Cambridge y que sería nuestro centro de operaciones los diez siguientes días.
Al llegar tarde y meternos fundidos a la cama, conseguimos que el jet lag no fuese muy importante. A la mañana siguiente comenzamos con un desayuno americano que se repetiría a diario y nos encaminamos a la zona de Coolidge Corner y al entorno del Hospital, para que mi santo se presentase y comprobásemos dónde estaba todo. Visitamos alguna agencia y comprobamos que no iba a ser fácil encontrar casa, y menos donde queríamos. El problema era el tiempo. Seis meses es complicado para esta ciudad, acostumbrada a tiempos equivalentes a cursos y estancias de un año mínimo. Buf, empezaban los nervios. Lo dejamos para el sábado. Se me había olvidado que, para colmo, estábamos en plena ola de calor. Mi adolescente y yo decidimos que no nos pintábamos porque acabábamos con la cara llena de churretes.
El sábado decidimos continuar con la búsqueda y nos fuimos a buscar agencias, pero según las íbamos encontrando cerradas, se nos iba estrechando la entrada de aire. Empezamos a llamar a los anuncios que teníamos de las revistas de alquiler y quedamos con unos para ver una casa en Waltham. Bueno, al menos había una posbilidad. A última hora de la mañana encontramos una agencia abierta, de casualidad, y quedamos para ver una casa en Brighton. La casa era mona, pero totalmente vacía, con lo que había que amueblarla y equiparla completamente. Más tarde, un amigo nos recoomendaría que no cogieramos una casa en ese barrio porque los colegios no eran los más recomendables, con lo cual, la olvidamos. Nos quedaba sólo la de Waltham. Ya eran casi las dos y como empezaba el mundial, con lo cual, volando al centro, a buscar dónde ver el primer partido de España. Acabamos en el Whiskeys, otro local que nos hemos apuntado, y donde la primera vez que vimos la ración de aros de cebolla alucinamos. Aprendimos a pedir para las siguientes ocasiones porque las raciones son como para los picapiedra. Tras unos minutos de contención hispánica, una vez que comprobábamos que los americanos también gritan, mis dos varones se soltaron la melena y gritaron a sus anchas durante todo el partido, para horror de mi pequeña, que no era quien a comer entre el vocerío y los pies del chico de la mesa de al lado que había decidido que era mejor colocarlos sobre una silla en lugar de mantenerlos a nivel del suelo (a esto sí que no nos acostumbramos todavía, menos mal que llega el frio y la gente deja sus pies en su sitio). Bien, ganamos.
El domingo era 4 de julio y estábamos dispuestos a disfrutar del día y del orgullo patrio. La camarera nos dijo que el recorrido desde la Explanade no era excesivo para volver de noche y que aprovecharamos a ver los fuegos. Impresionante: camisetas con la bandera, bañadores con la bandera, faldas, paraguas, toallas, banderas, banderas y más banderas. Nos fuimos detrás de todo el mundo a la explanade y el gentío era un no acabar. Puestos de comida, zona de festival, familias y familias tiradas junto al río. Nosotros, por no ser menos, hizimos lo mismo y nos tiramos a comer entre el polvo y los mosquitos que nos machacaban..
Una vez comidos, teniendo en cuenta que los baños, una vez visitados, era como para no volver a entrar, decidimos pasear por el centro, tomar algo y volver para los fuegos. Pero los fuegos resultó que eran a las diez y media, y despues de estar otra vez colocados, viendo que la peque ya no podía con la chilaba, decidimos echar a andar hacia el hotel. Los veríamos de camino. Y vaya camino. al día siguiente no le dijimos nada a la camarera para que no nos envenenase, pero nos tiramos una hora andando a buen paso. Que llegada. No podíamos con el alma. Y el calor..... Bendito hotel y bendito aire acondicionado.
El lunes fuimos a ver la maravillosa casa en Waltham, tal y como habíamos concertado. La llegada ya fue accidentada porque cogimos el autobús en la dirección equivocada, teniendo que rehacer el camino y partir del mismo punto en la otra dirección. El bus llegaba al pueblo, pero la dirección exaca era complicada, por lo que nos dirigimos a un taxi. Ya había pasado la hora de la cita. La taxista era una señora afroamericana y decidió que nos llevaba, aunque eramos cinco. Cuando llevábamos pasando por el mismo sitio por 3ª vez y yo no paraba de dar patadas a mi santo, la buena mujer decidió que iba a llamar. El idioma, inidentificable, si los gritos hacían pensar que no estaba muy claro ni el camino, ni el destino ni si hablaba realmente con quien quería hablar. Mas vueltas, más deshacer el camino, más telefono. El taximetro no paraba y tal debía ser nuestra cara que lo apagó y siguió coonduciendo. Tras cuarto de hora de vueltas, un intento de atropello cuando me bajé del coche y un pago concertado de 10 pavos, encontramos la urbanización, pero lógicamente, nuestra vendedora se había largado. Nadie espera una hora. Otra chica que esperaba unos clientes nos dijo que ella nos enseñaba una casa, que no era la misma, pero que tambien estaba en alquiler para dentro de una semanna.
¿había comentado que la gente no llimpia?. Pues eso. si bien había signos de que la gente vivía en esa casa, simultaneamente los habia de que se habían largado despues de una gran bronca, una gran borrachera y algo parecido a un ataque de nervios. La cocina tenía todo tipo de botes, botellas trapos y restos de comida por todos lados. Las camas, deshechas,. La ropa, por los suelos (pero si había armarios....!) horror. Mi cara lo debía decir todo porque, sin inmutarse, la buena mujer nos dijo que todo eso se lo llevarían. Pero ella, ni roja ni nada. Como si ese tipo de casa fuera lo más normal del mundo.
Horrorizados yyo, convencida de que no viviría en waltham, salimos, donde nos esperaba nuestra afroamericana preferida (en compensación por el paseo anterior) que tras casi dejarme en tierra (empecé a pensar que era al go personal) y otros diez pavos, nos dejó en el pueblo. Las cuatro. aquí nadie come a las cuatro, pero muchos cenan, con lo cual, siempre hay comida. Un lunes tremendo, había que ir a descansar. Hotel, bendito hotel.
El sábado decidimos continuar con la búsqueda y nos fuimos a buscar agencias, pero según las íbamos encontrando cerradas, se nos iba estrechando la entrada de aire. Empezamos a llamar a los anuncios que teníamos de las revistas de alquiler y quedamos con unos para ver una casa en Waltham. Bueno, al menos había una posbilidad. A última hora de la mañana encontramos una agencia abierta, de casualidad, y quedamos para ver una casa en Brighton. La casa era mona, pero totalmente vacía, con lo que había que amueblarla y equiparla completamente. Más tarde, un amigo nos recoomendaría que no cogieramos una casa en ese barrio porque los colegios no eran los más recomendables, con lo cual, la olvidamos. Nos quedaba sólo la de Waltham. Ya eran casi las dos y como empezaba el mundial, con lo cual, volando al centro, a buscar dónde ver el primer partido de España. Acabamos en el Whiskeys, otro local que nos hemos apuntado, y donde la primera vez que vimos la ración de aros de cebolla alucinamos. Aprendimos a pedir para las siguientes ocasiones porque las raciones son como para los picapiedra. Tras unos minutos de contención hispánica, una vez que comprobábamos que los americanos también gritan, mis dos varones se soltaron la melena y gritaron a sus anchas durante todo el partido, para horror de mi pequeña, que no era quien a comer entre el vocerío y los pies del chico de la mesa de al lado que había decidido que era mejor colocarlos sobre una silla en lugar de mantenerlos a nivel del suelo (a esto sí que no nos acostumbramos todavía, menos mal que llega el frio y la gente deja sus pies en su sitio). Bien, ganamos.
El domingo era 4 de julio y estábamos dispuestos a disfrutar del día y del orgullo patrio. La camarera nos dijo que el recorrido desde la Explanade no era excesivo para volver de noche y que aprovecharamos a ver los fuegos. Impresionante: camisetas con la bandera, bañadores con la bandera, faldas, paraguas, toallas, banderas, banderas y más banderas. Nos fuimos detrás de todo el mundo a la explanade y el gentío era un no acabar. Puestos de comida, zona de festival, familias y familias tiradas junto al río. Nosotros, por no ser menos, hizimos lo mismo y nos tiramos a comer entre el polvo y los mosquitos que nos machacaban..
Una vez comidos, teniendo en cuenta que los baños, una vez visitados, era como para no volver a entrar, decidimos pasear por el centro, tomar algo y volver para los fuegos. Pero los fuegos resultó que eran a las diez y media, y despues de estar otra vez colocados, viendo que la peque ya no podía con la chilaba, decidimos echar a andar hacia el hotel. Los veríamos de camino. Y vaya camino. al día siguiente no le dijimos nada a la camarera para que no nos envenenase, pero nos tiramos una hora andando a buen paso. Que llegada. No podíamos con el alma. Y el calor..... Bendito hotel y bendito aire acondicionado.
El lunes fuimos a ver la maravillosa casa en Waltham, tal y como habíamos concertado. La llegada ya fue accidentada porque cogimos el autobús en la dirección equivocada, teniendo que rehacer el camino y partir del mismo punto en la otra dirección. El bus llegaba al pueblo, pero la dirección exaca era complicada, por lo que nos dirigimos a un taxi. Ya había pasado la hora de la cita. La taxista era una señora afroamericana y decidió que nos llevaba, aunque eramos cinco. Cuando llevábamos pasando por el mismo sitio por 3ª vez y yo no paraba de dar patadas a mi santo, la buena mujer decidió que iba a llamar. El idioma, inidentificable, si los gritos hacían pensar que no estaba muy claro ni el camino, ni el destino ni si hablaba realmente con quien quería hablar. Mas vueltas, más deshacer el camino, más telefono. El taximetro no paraba y tal debía ser nuestra cara que lo apagó y siguió coonduciendo. Tras cuarto de hora de vueltas, un intento de atropello cuando me bajé del coche y un pago concertado de 10 pavos, encontramos la urbanización, pero lógicamente, nuestra vendedora se había largado. Nadie espera una hora. Otra chica que esperaba unos clientes nos dijo que ella nos enseñaba una casa, que no era la misma, pero que tambien estaba en alquiler para dentro de una semanna.
¿había comentado que la gente no llimpia?. Pues eso. si bien había signos de que la gente vivía en esa casa, simultaneamente los habia de que se habían largado despues de una gran bronca, una gran borrachera y algo parecido a un ataque de nervios. La cocina tenía todo tipo de botes, botellas trapos y restos de comida por todos lados. Las camas, deshechas,. La ropa, por los suelos (pero si había armarios....!) horror. Mi cara lo debía decir todo porque, sin inmutarse, la buena mujer nos dijo que todo eso se lo llevarían. Pero ella, ni roja ni nada. Como si ese tipo de casa fuera lo más normal del mundo.
Horrorizados yyo, convencida de que no viviría en waltham, salimos, donde nos esperaba nuestra afroamericana preferida (en compensación por el paseo anterior) que tras casi dejarme en tierra (empecé a pensar que era al go personal) y otros diez pavos, nos dejó en el pueblo. Las cuatro. aquí nadie come a las cuatro, pero muchos cenan, con lo cual, siempre hay comida. Un lunes tremendo, había que ir a descansar. Hotel, bendito hotel.
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